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02/02/2006

MI DIOS VERDADERO

 

Dios ha muerto. Sin avisarme ha muerto. Sin dejar un sucesor, ni siquiera uno que le sustituya de manera interina. He probado con Ala, Jehová, Buda, Shiva, Brahmá, y Visnhú, Quetzalcóatl, Mitra, Atón, Osiris y Horus, pero parece que no me hacen ni caso. Por eso he decidido crearme mi propio Dios Verdadero.

Mi Dios Verdadero es un dios para estar por casa, no tiene grandes pretensiones pues todavía no se ha desarrollado. Por el momento, no es un dios vengativo como otros, ni busca obediencias ciegas como en las sectas destructivas. Mi Dios Verdadero, por ahora, no es muy conocido, pero he contratado una empresa de marketing y publicidad que me ha prometido resultados inmediatos. Me han recomendado que busque un libro, a poder ser de apariencia antigua, que explique algo, pero no todo, de mi Dios Verdadero. Así que me he aplicado a escribir preso de una increíble inspiración divina:


“Al principio no había nada –eso me suena a plagio- no había ni Dios, así que El Dios Verdadero se hizo a sí mismo (esto ya introduce un toque de novedad) Como se aburría de estar solo, sin que nadie le pidiera nada, le dio por crear la tierra, el cielo y todo lo creable –mi Dios Verdadero no iba a ser menos que los otros- y así entre crea que te crea introdujo en su universo, recién inventado, al hombre y la hombra (como diría Ibarretxe para ser políticamente correcto) En realidad primero creó a la mujer que pronto convenció al hombre de que dejara a su hombra y se fuera con ella a multiplicarse. Y lo hicieron con tanto éxito, que pronto colonizaron todo el territorio….”
El libro va creciendo en mi ordenador, pero de momento no he encontrado una impresora capaz de imprimirlo en piedra. Lo he traducido, con el “Babilón Taslator”, al berebere, suahiri y sánscrito (que eso luce mucho para los libros doctrinales) Me recomiendan que lo empiece a distribuir por tomos más pequeños para dar un poco más de misterio.
Al primer libro lo he llamado “Principio” (¡mucho más claro que Génesis dónde va a parar!) y ha empezado a funcionar muy bien en las librerías. El segundo libro ya es un Bed Seller antes de su publicación. Las editoriales se matan por tenerme en su nómina así que he decidido crear mi propia empresa para explotar mejor el negocio.
La cosa promete, tengo una sede imponente, un edificio enorme lleno de espacio y muy luminoso. Como mi Dios Verdadero está creciendo en popularidad parece que está empezando a cultivar cierta mala leche. Ahora estamos en proceso de expansión y como mi Dios Verdadero tiene cada vez más adeptos hemos tenido que construir más sucursales. Pronto terminaremos un nuevo complejo para las oficinas centrales y yo, como fundador, viviré allí.
El tiempo pasa y mi Dios Verdadero es un gran éxito, tanto que ya me han aparecido facciones dentro de la nueva religión. Mi Dios Verdadero me reveló sus mandamientos y, para no ser menos, incluyó cuatro prohibiciones sexuales. Los he publicado y a mis discípulos les han parecido algo laxos así que los he sustituido por otros (MANDAMIENTOS.02) más estrictos con más prohibiciones sexuales.

Mi Dios Verdadero me parece que me ha salido rana. Ya casi no me escucha ni da señales de vida. Está en su cielo controlándolo todo ¿no se habrá endiosado?

Mi Dios Verdadero ha muerto. Sin avisarme ha muerto. Sin dejar un sucesor, ni siquiera uno que le sustituya de manera interina. He probado con la Pachamama, Viracocha, Odín, Zeus y su primo Júpiter, Makemba, Maramba y Olucún pero no me escucha así que, por si las moscas, no diré nada.


José Manuel González.-Pina de Ebro a 2 de febrero de 2006.

ESTE RELATO RESULTÓ GANADOR EN EL PRIMER CONCURSO DE RELATOS DE LA EDITORIAL ABACO

 

02/02/2006 12:34 Autor: bartolome. Enlace permanente. Tema: CUENTOS FANTASTICOS No hay comentarios. Comentar.

10/02/2006

PESADILLAS DE BOLSILLO

Este relato lo presentó mi hija Laura para el concurso de relatos de la Ribera Baja.  No ganó pero quedó entre los cuatro primeros y se lo publican.

  Pesadillas de bolsillo

 

Era una noche calurosa de verano.  Como siempre nos sentamos, mi amigo Carlos y yo, en uno de los desgastados y cochambrosos bancos del parque. 

Esta noche era especial, venía un amigo nuestro del pueblo de al lado con el que compartíamos amistad desde las fiestas pasadas.  Pasaron unos minutos hasta que se hizo visible un foco de luz que traspasaba las hojas de los árboles.  Ya estaba aquí Joan.

Apareció entre los árboles una moto que llevaba a nuestro esperado amigo. 

Había cambiado mucho.  Pero conservaba su abundante cabellera castaña y su mirada verde brillante.

Estuvimos conversando animadamente sobre nuestras cosas, pero de repente metió su mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó de él un porro.  Lo miré extrañado, ¿qué hacía con él mi amigo?

-¿Queréis? – nos preguntó – he traído muchos y puedo compartirlos.

-No sé – dijo Carlos - ¿acostumbras a consumirlos?

-Si – contestó extrañado – sino cómo los iba a tener.

-Ah, no sé. Te los podrían haber dado para probar.

-Pues va a ser que no. – dijo chistosamente y se volvió hacia mí - ¿Y tú, Juan, que me dices?  ¿Pruebas o no?

-Lo que haga Carlos – contesté tímidamente.

-¿No me digáis que os habéis vuelto unos cobardes? – Dijo imitando a una gallina.

-No – Dijimos Carlos y yo simultáneamente – Probaremos.

Así que nos dio uno a cada uno y nos lo fumamos.  Al instante sentí un intenso mareo y las cosas antes conocidas se convirtieron en otras alargadas y multicolores.  Empezamos a reírnos sin razón y a tirarnos al suelo encanados de la risa.  Pasaron las horas y el efecto terminó, esa experiencia nos gustó.

-¿Quién te los vende? – Preguntó Carlos impaciente

-Mi amigo Alexis, si quieres os traigo mañana.  ¿Qué me decís? – Nos dijo apremiante.

-Por mí bien. – contestó Carlos y a continuación me miró esperando mi respuesta.

-Por mí también.

Al día siguiente la mercancía nos llegó en manos de nuestro amigo.  A partir de ese día nos volvimos adictos. 

Al principio nos pareció un vicio que podíamos controlar y que nos divertía.  Pero poco a poco dependíamos del porro para ser felices y no sufrir una crisis nerviosa.

Mi madre se preguntaba qué me pasaba y por qué me gastaba tanto dinero, pero no lo llegó a descubrir.  Solamente seguía observándome preocupada todas las noches. 

Pasó el tiempo y cada vez nuestro vicio se nos escapaba más del presupuesto y a mí se me acababan las excusas.  Carlos parecía cada vez más apagado y alterado, tenía la misma vitalidad que un enfermo crónico. 

Un día,  nuestro distribuidor, nos vendió muy baratas unas semillas de Marihuana.  Carlos y yo, ilusionados, las plantamos en un lugar secreto en el que de pequeños jugábamos a hombres de las cavernas.  Se trataba de una zona a resguardo del viento cerca del río.  Allí las plantamos, ilusionados, sin pensar que ello sería nuestra perdición. 

Pasaron los meses y tras largas jornadas de cuidados a nuestras adoradas plantas, por fin dieron su fruto.  Tras la cosecha las pusimos a secar en una cueva que había al lado, y allí pasaron una larga temporada hasta que estuvieron listas.  Ya estaba bien avanzado el curso y nuestras notas iban a peor; solamente pensábamos en nuestras plantas. 

Poco después empezamos a consumir de nuestra propia reserva, lo que suponía una mejora porque teníamos toda la que queríamos gratis, pero por otra parte un inconveniente ya que cada vez consumíamos más. 

Un día, en una de nuestras numerosas visitas a nuestro “Paraíso de la Marihuana”, se oyeron pasos y surgió de la nada una luz cegadora que nos advirtió que alguien nos había descubierto.  El pánico nos poseyó ¿Qué íbamos a hacer?, ¿será la policía?,…

- ¡Rápido, por aquí! – Me susurró Carlos al oído.

Y nos dirigimos a la entrada de un túnel muy estrecho.  En él no se podía caminar erguido, así que tuvimos que huir corriendo encorvados como primates.  Cuando aún no vislumbrábamos la salida, vimos algo que se asomaba de ella. ¿Qué sería?  Nos acercamos cautelosamente, silenciosos y nos escondimos tras una gran columna que había delante de la sombra.  Estuvimos observando durante unos largos y espantosos minutos, a  la espera de que nuestro intruso desapareciera.  Carlos, harto de tanto esperar, se aventuró a descubrir quién era el mirón.  Anduvo lento y silencioso hasta llegar a la salida del túnel.  Yo seguía paralizado tras la columna, asustado y preocupado por lo que podía pasarle a mi amigo.  Pero él volvió corriendo y con una gran sonrisa en los labios.  Nuestra amenaza era un pequeño zorro que acechaba a la boca del túnel. 

Conseguimos vadearlo fácilmente ya que estaba tan asustado como nosotros mismos.  Tras esa huída  vertiginosa, llegamos a nuestras casas exhaustos. 

Esa noche me planteé el sentido de mi adicción y tras los contratiempos que habíamos sufrido y en el estado en el que me encontraba, decidí dejarlo para no sufrir riesgos. 

Al día siguiente, después del instituto se lo comuniqué a Carlos, le pareció una idea espantosa.  Yo argumenté mi opinión y le intenté convencer con todas mis fuerzas.  Nuestra conversación acabó en una disputa tan fuerte que nos dejamos de hablar.  Era el fin de nuestra espléndida amistad comenzada en nuestra infancia; había perdido al mejor amigo que nunca tuve y que jamás podría sustituir.

Mi voluntad venció sobre mi adicción y logré superar lo que me había producido tantos problemas.  Pero, ¿de qué me servía si no tenía a Carlos a mi lado? Él, a cada día que pasaba se le veía más alicaído y enfermo.  De vez en cuando, intentaba hablar con él, pero siempre me evitaba; iba a su casa y me cerraba la puerta en las narices, le llamaba por teléfono y me colgaba.  No sabía que hacer; lo mejor sería dejar pasar un tiempo hasta que las cosas se calmaran y poder pasar a la acción. 

Un día recibí una llamada de teléfono inesperada, era la madre de Carlos.  Me pedía que acudiera al hospital que Carlos había sufrido una sobredosis.  Sin pensarlo dos veces, salí de casa como un rayo y cogí mi moto.  Conduje impaciente y tenso, y maldije a quién inventó los semáforos que no hacían otra cosa que retrasarme en mi camino. 

Llegué al hospital y abordé a la señorita de la recepción con mis preguntas.  Ella me respondió, con voz cansada, que me dirigiera a la habitación nº 34.  Corrí por los pasillos hasta dar con la habitación, llamé a la puerta y la abrí.  Allí encontré a mi queridísimo amigo en una cama con numerosos aparatos y cables saliendo de su cuerpo.  Me acerqué a él con cautela y se percató de mi presencia.  Esperaba que reaccionara con odio retenido; pero al contrario, levantó su mano como gesto de disculpa y brotaron de sus ojos brillantes lágrimas que circularon por su rostro enfermo y cayeron a las sábanas.

-¿Podrás algún día perdonarme? – me preguntó entre sollozos – he sido cruel contigo, solo intentabas advertirme de lo que me iba a pasar.  Tenías razón, ¿por qué no te hice caso?

-No te culpo;  no eras tú mismo, eras lo que la droga había hecho de ti

-¿Me perdonas?

-Claro, Carlitos. – le dije cariñosamente.

Carlos me quería decir algo pero de su boca no salía ningún sonido, a continuación un molesto pitido taladraba mis tímpanos.  Algo iba mal.  Carlos se estaba muriendo y yo no podía hacer nada.  Me arrojé sobre su cama y le cogí una mano, me miraba con ojos vidriosos y llenos de lágrimas.  Una oleada de médicos y enfermeras invadieron la sala.  Trajeron consigo numerosos equipos para intentar salvarlo, pero todo era inútil.  Los médicos me dedicaron un gesto negativo y yo deduje de lo que se trataba.  No podía ser.

-Adiós amigo, gracias por alegrar mis últimos momentos.

El cuerpo sin vida de mi amigo se encontraba entre mis brazos, no podía creérmelo.

-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Noooooooooooooooooooooooooo!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!……………

 

 

Me desperté sudoroso y enredado en las sábanas.  ¿Solo había sido un sueño?,¡era tan real!  No podía ser.  Me levanté con dificultad y miré el reloj.  Eran las 6 de la mañana.  Sin pensarlo dos veces llamé al móvil de Carlos, que contestó al décimo tono. 

-¿Qué quieres a estas horas, Juan?

-Nada, saber si estás bien.

-Si, ya.  Dime que pasa realmente.

Le conté mi sueño y él me escucho atento y respetuoso. 

-Bueno, ahora que estás más tranquilo, esta noche viene Joan.  ¿Qué casualidad?

-Vale.  Pues nos vemos donde siempre a la misma hora.

 

Esa noche salí de mi casa y caminé hacia el parque.  Por el camino me encontré con Carlos y anduvimos juntos hasta nuestro destino.  Todo transcurrió como en mi sueño: el mismo ambiente, la misma luz cegadora, llegó Joan, hablamos, nos ofreció un porro…  Pero algo cambió, los dos rechazamos su oferta.  Joan se burló de nosotros, pero nos daba igual; porque mi sueño había sido una premonición y sabíamos lo que iba a pasar.  Nuestro supuesto amigo se marchó en su reluciente moto echando chispas por el enfado.  Nos quedamos allí observando las estrellas con un intenso sentimiento de triunfo en nuestros corazones. 

Todo había terminado, aunque en realidad acababa de empezar…

 

LAURA GONZÁLEZ GAYÁN

Jueves, 29 de octubre de 2005

 

 

10/02/2006 11:49 Autor: bartolome. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.




JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ

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