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JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ

INTROSPECTIVA

INTROSPECTIVA

 

Vivo en una cloaca.  No quiero que piensen que hablo en metáfora, realmente paso mis días y mis noches dentro de los acogedores túneles que recorren el subsuelo de la ciudad.

 

Aquí encuentro todo lo que necesito para mi magro sustento.  La comida abunda si no eres muy exigente con la presentación del producto.  Con el tiempo, he desarrollado una habilidad especial para orientarme por el laberinto de túneles que constituyen mi mundo subterráneo.  Bajo las grandes superficies se pueden conseguir verdaderas montañas de comida intacta, todavía con sus envases herméticos.  Para evitar la mala imagen de la gente pobre hurgando en los cubos de basura, han optado por evacuar sus excedentes a los intestinos de la ciudad y yo me maravillo, cada vez más, de la calidad de los productos a punto de caducar.

 

En los túneles principales hay hasta luz eléctrica, no piensen que mi vida es oscura.  Naturalmente, el olor no es muy agradable, pero acabas por acostumbrarte y les aseguro que hay barrios en el exterior que huelen peor.  En cuanto al resto de comodidades que podrían llamarse normales, estoy perfectamente surtido.  Dispongo de un magnífico dúplex en un antiguo colector de aguas blancas.  Allí he ido colocando, poco a poco, las insólitas maravillas que me encuentro en las alcantarillas.  La energía la tomo “prestada” de los innumerables cables que, aprovechando las cañerías, se extienden por toda la ciudad.  También dispongo, por la misma vía, de teléfono, televisión por cable, internet, aire acondicionado y me imagino que no les sorprenderá que no tenga problemas con la retirada de basuras.

 

Sin embargo, en mi universo idílico y autosuficiente, me falta la compañía.  Nadie, por un absurdo prejuicio, quiere compartir mi paraíso interior.  El sexo, lamentablemente, se ve reducido al onanismo y, seamos sinceros, aunque te quieras mucho al final resulta bastante aburrido.  Por eso me veo obligado a hacer algunas incursiones a la superficie buscando el calor de otros cuerpos, pero cada vez me vuelvo más perezoso, o quizás más viejo, y voy espaciando las visitas. 

 

Hace poco que he conseguido amaestrar a una rata enorme.  La crié desde pequeña y ahora me sigue a todas partes como si fuera mi alter ego.  Ha desarrollado habilidades impresionantes para los de su especie.  Con ella, o mejor dicho gracias a ella, he encontrado verdaderas montañas de dinero en metálico.  Resulta increíble lo que tira la gente por el retrete.  Debido a su curiosa habilidad le he puesto de nombre “Onassis” y a ella parece que le gusta, aunque si sigue aprendiendo tan rápido como hasta ahora quizás tenga que utilizar el nombre completo y llamarle Jacqueline.  Poco a poco, mi relación con ella es más íntima y ahora dormimos en la misma cama, abrazados, con su enorme cola gris entrelazada en mis piernas.  Me gusta cepillarle el denso pelaje del lomo, como si sacándole brillo con el cepillo pudiera olvidar su condición de roedor.  Ella cada vez entiende más lo que le hablo y ha empezado a comunicarse conmigo con unos grititos que poco a poco me resultan más inteligibles.  De todas formas yo también he experimentado ciertos cambios desde que vivo en la penumbra de los túneles.  Mis ojos se han adaptado perfectamente al nuevo hábitat y se me han retraído los párpados.  La cara se me está afilando y estoy empezando a contagiarme de la forma de hablar de Onassis.  Prácticamente ahora ya nunca me pongo ropa, me ha crecido una pelusilla blanquecina que me protege de la humedad y de las corrientes.  Sin embargo, me entristece pensar que todavía no me ha crecido el rabo.

 

Por otro lado, a Onassis, se le está estilizando la figura, creo que está experimentando algún tipo de transformación.  Será que tanto vivir conmigo se está humanizando y que yo, por otro lado, me estoy “ratizando”.  No sé si nuestras transformaciones nos están uniendo más o por el contrario nos están separando.  Onassis se está volviendo cada vez más pizpireta y empieza a hacerle ascos a casi todo.  Se pasa todo el día delante del espejo atusándose los cabellos y embadurnándose con las cremas que encontramos y que, según ella, le resultan imprescindibles para la vida.

 

Esta mañana he descubierto que me ha empezado a crecer una  preciosa cola.  Resulta muy útil para andar por los túneles.  Con ella puedo interpretar mejor las corrientes de aire y es una gran ayuda para mantener el equilibrio cuando caminas por una tapia.  ¡Qué maravilla poder hacer equilibrios sin temor a caerme!  Como un infalible funambulista sin pértiga, paseo por tuberías suspendías en el vacío observando el arroyo inagotable de desperdicios que fluye sin pausa en mis dominios.

 

Como temía, Onassis me ha abandonado, se puso un vestido muy sexi, se embadurnó con sus queridas cremas y perfumes y subió por la escalera que lleva al centro comercial.  La he esperado toda la noche, con la esperanza de que abandonase la loca idea de vivir en el exterior.  Por un momento me he visto tentado a seguirla, pero al asomarme por la boca de la alcantarilla la luz me ha cegado.  El olor me ha resultado insoportable, los ruidos, que antes ni siquiera apreciaba, me han herido los tímpanos hasta casi hacerlos sangrar.  Con verdadero pavor he regresado a mi vida subterránea resignado, de nuevo, a la soledad cómoda y húmeda de mis queridas cloacas.

 

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2 comentarios

José Manuel -

Sí, es uno de los que llevé al taller junto a otro que tenía de hace tiempo que reformé. La clase estuvo muy bien, quizás fue la mejor con diferencia. Todos los que habíamos escrito algo (que no éramos todos) tuvimos buenas críticas, y sobre todo constructivas. A mí me encantó el relato de Arrate espero que lo cuelgue pronto y verás.

marisa -

Me gusta. Podrías publicar un libro sólo con relatos fantásticos. Este es el que llevaste ayer a la última clase de juan bolea? ¿qué tal estuvo?
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