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JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ

AL FINAL DEL TUNEL


Me veo reflejado en la vitrina del aeropuerto, la noche se ilumina con los potentes focos de los aviones dispuestos a despegar. Estoy cansado, aburrido de tanto esperar y me afano por pegar la mejilla en este cristal frío e inmenso.

Los futuros pasajeros esperan resignados su vuelo y evitan cruzar las miradas por temor a tener que iniciar una conversación. Maletas desparramadas por el suelo se amalgaman con la sórdida basura de las horas punta. Los altavoces de la sala de espera cumplen su misión con machacona insistencia e inundan todo de idiomas extraños.

Cada vez estoy más hipnotizado por las luces del exterior. Veo las bombillas que marcan la pista de aterrizaje y comprendo la atracción que sienten los aviones por sus luminosas marcas. Un boeing 747 acaba de despegar, dejando, tras de sí, un ruido ensordecedor que ha hecho vibrar el vidrio y me produce un cosquilleo en los pelos de la nariz. La imagen se repite: uno despega, otro aterriza, uno despega, otro aterriza, parece el baile de galanteo de unas descomunales aves nocturnas que, en lugar de poner huevos, depositan pequeños individuos trajeados y ruidosos.

Pero, de pronto, un Airbus ocupa el horizonte y una luz cegadora va llenando todo mi campo de visión. No puedo separarme de la ventana, la luz del avión me atrae, me magnetiza, me abraza. Me pican los ojos, oigo gritos de pánico a mi alrededor, pero yo no me muevo. El avión se hace cada vez más grande, ahora todo es luz y es tan cálida…Parece que puedo distinguir, en la cabina, los rostros de terror de los tripulantes, los brazos tensos del piloto tirando del timón, los gritos sordos de las azafatas y el olor fétido de la muerte.

De pronto, todo se apaga, estoy en un inmenso pasillo negro, de suelo liso, extremadamente liso, pero no resbalo. Camino como un autómata y no sé si subo o si bajo, si voy para delante o retrocedo, pero no puedo parar. Un brillo lejano fija mi rumbo, ahora tengo un objetivo, un punto de referencia donde dirigir mis pasos. Poco a poco, paso a paso, la oscuridad va dando lugar a una luminosidad creciente que me atrae ¡Cómo comprendo, ahora, a las polillas que se fríen en las bombillas de las farolas! Mi pulso se acelera, las piernas amplían sus zancadas, ya estoy corriendo y no me canso nada. Lo que antes era un resplandor inerte se ha convertido en una estrella de luz que no quema, que me envuelve, que me arrulla. La luz me llama, la luz me inunda y todo mi cuerpo se estremece en un orgasmo sin sexo. Es la plenitud, soy parte del todo, la energía fluye en mí. Ahora soy luz. Ya queda poco del Yo, pero algo me retiene, miro hacia atrás y veo el pasillo negro, ¿qué me impide avanzar? Me he detenido. Un cordón viscoso tira de mi cuerpo hacia lo oscuro; el cordón se tensa, mi alma regresa…

-¡Desfibrilador, éste aún respira! –grita una voz cargada de prisa- yo abro un ojo y veo su cara. Me fríen a vatios y el corazón bombea. ¿Qué ha fallado? Mi cuerpo está en el suelo y yo lo estoy viendo desde fuera. ¡Ahora lo entiendo! ¡El puto cordón que me lastra! ¿Cómo puedo cortarlo? Intento tirar de él, pero mi cuerpo inerte lo tiene bien sujeto y lo succiona goloso como si fuera la manguera que huye del incendio.

-Déjenme en paz –les grito desde mi garganta sin voz- y un enfermero mueve mi cuerpo. Entonces descubro un punto débil en el cordón. Una ligera fisura cerca de la espalda, tiro con toda mi alma y mi vida muere. Vuelvo al pasillo, corro sin ruido, pero… ¿no hace más calor? ¿no es más roja la luz que me atrae? Avanzo con cautela, pero no puedo frenar mi impulso, el pasillo desciende y el resplandor quema. Grito y mi aullido en el calor se ahoga. Un magma sólido me recibe ardiente, me derrito en su seno y Pedro Botero se ríe…

JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ

PINA A 15 DE febrero de 2006

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