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JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ

POR AMOR AL ARTE

         

Señor Juez:

Esta carta no es una confesión, es una declaración de principios.  No me arrepiento de nada, sé que pasarán muchos años hasta que mis actos sean comprendidos y aceptados.

Al primero le asesté un martillazo en el cráneo.  Elegí el martillo por puro azar, luego me di cuenta que nada es casual: el martillo es la prolongación de la mano, el brazo ejecutor que convierte en golpes los deseos oscuros de la mente.

Varios fragmentos de occipital volaron, juguetones, por toda la estancia.  Sangre, masa encefálica, hueso y cuero cabelludo, compusieron una consistente lluvia orgánica que estucó la tela y se proyectó en mi cara.

 ¡Cómo me gusta el sabor a vida que se escapa! ¡Cuánto disfruto observando el hálito estertóreo del último aliento!

Dirá que soy un sátiro, pero en estos días que nos toca vivir, es necesario tener una válvula de escape que disipe el estrés que a todos nos embarga.  Pues a mí, el romper cabezas es lo que me relaja.  Desarrolla la coordinación motora, mejora bíceps, tríceps y deltoides, todo son ventajas.  Sin embargo, cualquiera no puede hacerlo, hay que tener una mínima predisposición para la maniobra.  No me gusta ser presuntuoso, pero yo soy uno de los mejores.

A otros les gusta utilizar aparatos específicos.  Yo soy más heterodoxo, suelo utilizar objetos cotidianos para experimentar, con ciertas pretensiones científicas, el distinto comportamiento de los cuerpos según la herramienta que interviene.  Un atizador, un cenicero de bronce, una azada, una figurita de la Venus de Milo, todo sirve para mis fines y nada desdeño.  Pero la primera vez, elegí el martillo, uno de esos de encofrador, no muy grande, equilibrado, con mango de plástico y cabeza de acero pintada de negro.  El resultado fue el deseado, dibujó en la tela una composición perfecta.  La mancha, caprichosa, compuso una estrella dentada adosada a una nube de puntos rojos con cabellos.  Los trocitos de hueso, incrustados por todo, daban al conjunto una inquietante textura.

Cubrí todo con mi barniz especial: una mezcla de clara de huevo, cola de carpintero y esencia de trementina. ¡Es maravilloso lo que consigue mi fórmula!  No espere que le dé las proporciones exactas, eso me lo reservo y vendrá conmigo a la tumba.

En esa ocasión, además, rocié mi obra con insecticida para evitar las moscas (a veces sus excrementos, e incluso sus larvas, me han servido en otras composiciones) y añadí un aerosol desodorante para darle un aroma floral.  Mis trabajos han de ser un conjunto de sensaciones y no sólo visuales, quiero que intervengan los cinco sentidos, que quien los contemple interactúe con ellos y sienta la magia que desprende la miscelánea que les brindo para su disfrute.

Me deshice del cuerpo de la forma habitual: enterrado, en mi finca de la sierra, junto a los cipreses que cada vez están más vigorosos gracias, sin duda, a la importante aportación de materia orgánica que, regularmente, les brindo.

No suelo dejar nada para distinguirlos, pero esa vez, al ser la primera, compuse un túmulo de piedras redondas con forma de pirámide.  Estaba particularmente contento con el resultado y quería, de algún modo, guardar un recuerdo claro y agradecido de quien había cedido la materia principal de la composición.

Cuando expuse todo fueron aclamaciones.  La crítica me proclamó como “el nuevo Antoni Tapiès”, el revolucionario de las texturas y el colatge, el artista que, con este trabajo, había culminado la cúspide de su carrera.  Luego vino lo del listillo del ADN: un policía de pacotilla, con conocimientos de anatomía, que creyó distinguir en mis cuadros restos humanos.  Inició una investigación que confirmó sus sospechas.

Fui interrogado y encarcelado ante el estupor del público, pero no contaban con mi abogado.  Se entabló una lucha legal sin precedentes en España.  Todos me daban por condenado hasta que tuve que sacarme un as de la manga: la declaración jurada que conservaba de cada una de mis víctimas prestándose, voluntariamente, a ser mi modelo, mi pintura, mis pinceles y hasta mi propia obra.

Los grupos pro-vida se erigieron como acusación particular.  Los partidarios de la eutanasia se alinearon a mi favor esgrimiendo, como argumento, la libertad que debería tener todo el mundo para morir como quiera. Yo seguía mi vida, ajeno a lo que me rodeaba, pero con la firme convicción de que había revolucionado el mundo del arte. Gracias a la habilidad de mi abogado y a sus argucias de leguleyo fui exonerado de todos los cargos y me convertí en una celebridad.  Para muchos representaba la vanguardia del arte.  Para otros no era más que un asesino suelto al que había que eliminar. 

Luego compré la prensa hidráulica, una vieja máquina que me costó cuatro perras y que fue dando forma material a lo que será mi última obra. 

Naturalmente, no he dejado nada al azar.  He probado en varias ocasiones el artefacto, pero lamentablemente, la notoriedad que me ha brindado la prensa ha mermado el número de voluntarios y he tenido que prescindir de su participación.  Poco a poco, he ido depurando la técnica, la fuerza necesaria, la distancia entre el lienzo y los cráneos.  Por eso, ahora, le envío esta carta con la dirección exacta de mi estudio.  Cuando la reciba y me encuentren, espero que todo el mundo sepa apreciar mi cuadro; lleva por título:

“Autorretrato”

 

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