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02/08/2006

AL FINAL DEL TUNEL


Me veo reflejado en la vitrina del aeropuerto, la noche se ilumina con los potentes focos de los aviones dispuestos a despegar. Estoy cansado, aburrido de tanto esperar y me afano por pegar la mejilla en este cristal frío e inmenso.

Los futuros pasajeros esperan resignados su vuelo y evitan cruzar las miradas por temor a tener que iniciar una conversación. Maletas desparramadas por el suelo se amalgaman con la sórdida basura de las horas punta. Los altavoces de la sala de espera cumplen su misión con machacona insistencia e inundan todo de idiomas extraños.

Cada vez estoy más hipnotizado por las luces del exterior. Veo las bombillas que marcan la pista de aterrizaje y comprendo la atracción que sienten los aviones por sus luminosas marcas. Un boeing 747 acaba de despegar, dejando, tras de sí, un ruido ensordecedor que ha hecho vibrar el vidrio y me produce un cosquilleo en los pelos de la nariz. La imagen se repite: uno despega, otro aterriza, uno despega, otro aterriza, parece el baile de galanteo de unas descomunales aves nocturnas que, en lugar de poner huevos, depositan pequeños individuos trajeados y ruidosos.

Pero, de pronto, un Airbus ocupa el horizonte y una luz cegadora va llenando todo mi campo de visión. No puedo separarme de la ventana, la luz del avión me atrae, me magnetiza, me abraza. Me pican los ojos, oigo gritos de pánico a mi alrededor, pero yo no me muevo. El avión se hace cada vez más grande, ahora todo es luz y es tan cálida…Parece que puedo distinguir, en la cabina, los rostros de terror de los tripulantes, los brazos tensos del piloto tirando del timón, los gritos sordos de las azafatas y el olor fétido de la muerte.

De pronto, todo se apaga, estoy en un inmenso pasillo negro, de suelo liso, extremadamente liso, pero no resbalo. Camino como un autómata y no sé si subo o si bajo, si voy para delante o retrocedo, pero no puedo parar. Un brillo lejano fija mi rumbo, ahora tengo un objetivo, un punto de referencia donde dirigir mis pasos. Poco a poco, paso a paso, la oscuridad va dando lugar a una luminosidad creciente que me atrae ¡Cómo comprendo, ahora, a las polillas que se fríen en las bombillas de las farolas! Mi pulso se acelera, las piernas amplían sus zancadas, ya estoy corriendo y no me canso nada. Lo que antes era un resplandor inerte se ha convertido en una estrella de luz que no quema, que me envuelve, que me arrulla. La luz me llama, la luz me inunda y todo mi cuerpo se estremece en un orgasmo sin sexo. Es la plenitud, soy parte del todo, la energía fluye en mí. Ahora soy luz. Ya queda poco del Yo, pero algo me retiene, miro hacia atrás y veo el pasillo negro, ¿qué me impide avanzar? Me he detenido. Un cordón viscoso tira de mi cuerpo hacia lo oscuro; el cordón se tensa, mi alma regresa…

-¡Desfibrilador, éste aún respira! –grita una voz cargada de prisa- yo abro un ojo y veo su cara. Me fríen a vatios y el corazón bombea. ¿Qué ha fallado? Mi cuerpo está en el suelo y yo lo estoy viendo desde fuera. ¡Ahora lo entiendo! ¡El puto cordón que me lastra! ¿Cómo puedo cortarlo? Intento tirar de él, pero mi cuerpo inerte lo tiene bien sujeto y lo succiona goloso como si fuera la manguera que huye del incendio.

-Déjenme en paz –les grito desde mi garganta sin voz- y un enfermero mueve mi cuerpo. Entonces descubro un punto débil en el cordón. Una ligera fisura cerca de la espalda, tiro con toda mi alma y mi vida muere. Vuelvo al pasillo, corro sin ruido, pero… ¿no hace más calor? ¿no es más roja la luz que me atrae? Avanzo con cautela, pero no puedo frenar mi impulso, el pasillo desciende y el resplandor quema. Grito y mi aullido en el calor se ahoga. Un magma sólido me recibe ardiente, me derrito en su seno y Pedro Botero se ríe…

JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ

PINA A 15 DE febrero de 2006

02/08/2006 13:38 Autor: bartolome. Enlace permanente. Tema: CUENTOS FANTASTICOS No hay comentarios. Comentar.

HOY ES MARTES

                          

            ¿Quién es ese imbécil  que me mira en el espejo? ¿Soy yo o una caricatura de lo que fui?  Me veo viejo, el pelo, que antes poblaba mi cabeza, se obstina en crecer en sitios equivocados: en las orejas, en la nariz, en las cejas (parezco a Bresnief) y en la espalda aun que no los vea.

            Los pelos de la barba me salen en tres colores: negros, pelirrojos y blancos.  ¡Y que duros son los puñeteros!  Nunca me ha gustado afeitarme, no sé si por vagancia o por lo mucho que me corto al hacerlo.  Empiezo siempre en la mejilla izquierda, luego la barbilla, donde más cuesta rasurar, la otra mejilla y termino siempre en el bigote.  Últimamente he tenido que incluir, y no me gustan los cambios, un recorrido por encima de la nariz donde me han salido nuevos pelos.  Los de las orejas no me atrevo a cortarlos; me he comprado un aparatito a pilas de esos que anuncian en la tele-tienda y promete maravillosas depilaciones en nariz, orejas, entrecejo y nuca, pero todavía no lo he desembalado.  Que cosa más curiosa: conforme pasa el tiempo, crece la nariz y las orejas mientras el resto del cuerpo mengua (si exceptuamos la barriga)

            Hoy es martes, así que me he puesto la camisa de cuadros azules, la que me da buena suerte.  No soy supersticioso, pero es que hoy es martes y los martes “ni te cases ni te embarques”.  Salgo de casa teniendo cuidado de hacerlo con el pie derecho, no soy supersticioso, pero es que hoy es martes y los martes… La calle está desierta y nadie me ve escupir en los registros del agua corriente.  Tengo que acertar de lleno, por lo menos, en diez de ellos y solo hay catorce hasta la parada del bus, así que tengo poco margen de error.  La cosa va bien, ya he acertado a nueve y me quedan aún tres registros.  Misión cumplida, el día está salvado.

            Subo al bus, el conductor lleva bigote.  No me gustan los conductores con bigote así que me bajo al instante, que hoy es martes y no hay que tentar a la suerte.  Viene otro autobús, lo conduce un extranjero, pero no hay rastro de bigote.  No hay asientos libres en el lado derecho, me quedo de pie ¿habré fallado alguna diana?  En la calle hay aparcados doscientos once coches –número primo, que como todo el mundo sabe da buena suerte- por lo tanto me bajo en la siguiente parada aunque estoy a tres manzanas de mi destino.

            En el primer semáforo, me paso a la acera de la izquierda, allí la sombra, a esta hora, se proyecta de izquierda a derecha como a mí me gusta.  El paso de cebra tiene un número impar de líneas blancas, cuidado de no pisar fuera de ellas.  La acera es nueva, el enlosado brilla con la luz de la mañana.  A esta hora no encontraré mendigos, no me gustan los mendigos.  En la puerta de la oficina de empleo hay un macetero enorme, lo han pintado de verde, mala cosa, a mí no me gusta el verde, da mala suerte y sobre todo los martes.  El corazón me late con fuerza, para colmo hay una escalera cerca de la esquina, mis piernas se niegan a seguir, me paro en seco.  ¿Y si en la oficina hay un mendigo? ¿Y si lleva bigote? ¿Y si lleva un número de pelos que no es un número primo?  ¿Y si va vestido de verde? ¿Y si me dan empleo?

            Me vuelvo, empiezo a caminar desandando lo andado, comienzo con el pie derecho, mañana será otro día, que hoy es martes…

 

PINA 16 de febrero de 2006

JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ

02/08/2006 13:40 Autor: bartolome. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.




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