
|
Se muestran los artículos pertenecientes al tema CUENTOS FANTASTICOS. 13/05/2008INTROSPECTIVA![]()
Vivo en una cloaca. No quiero que piensen que hablo en metáfora, realmente paso mis días y mis noches dentro de los acogedores túneles que recorren el subsuelo de la ciudad.
Aquí encuentro todo lo que necesito para mi magro sustento. La comida abunda si no eres muy exigente con la presentación del producto. Con el tiempo, he desarrollado una habilidad especial para orientarme por el laberinto de túneles que constituyen mi mundo subterráneo. Bajo las grandes superficies se pueden conseguir verdaderas montañas de comida intacta, todavía con sus envases herméticos. Para evitar la mala imagen de la gente pobre hurgando en los cubos de basura, han optado por evacuar sus excedentes a los intestinos de la ciudad y yo me maravillo, cada vez más, de la calidad de los productos a punto de caducar.
En los túneles principales hay hasta luz eléctrica, no piensen que mi vida es oscura. Naturalmente, el olor no es muy agradable, pero acabas por acostumbrarte y les aseguro que hay barrios en el exterior que huelen peor. En cuanto al resto de comodidades que podrían llamarse normales, estoy perfectamente surtido. Dispongo de un magnífico dúplex en un antiguo colector de aguas blancas. Allí he ido colocando, poco a poco, las insólitas maravillas que me encuentro en las alcantarillas. La energía la tomo “prestada” de los innumerables cables que, aprovechando las cañerías, se extienden por toda la ciudad. También dispongo, por la misma vía, de teléfono, televisión por cable, internet, aire acondicionado y me imagino que no les sorprenderá que no tenga problemas con la retirada de basuras.
Sin embargo, en mi universo idílico y autosuficiente, me falta la compañía. Nadie, por un absurdo prejuicio, quiere compartir mi paraíso interior. El sexo, lamentablemente, se ve reducido al onanismo y, seamos sinceros, aunque te quieras mucho al final resulta bastante aburrido. Por eso me veo obligado a hacer algunas incursiones a la superficie buscando el calor de otros cuerpos, pero cada vez me vuelvo más perezoso, o quizás más viejo, y voy espaciando las visitas.
Por otro lado, a Onassis, se le está estilizando la figura, creo que está experimentando algún tipo de transformación. Será que tanto vivir conmigo se está humanizando y que yo, por otro lado, me estoy “ratizando”. No sé si nuestras transformaciones nos están uniendo más o por el contrario nos están separando. Onassis se está volviendo cada vez más pizpireta y empieza a hacerle ascos a casi todo. Se pasa todo el día delante del espejo atusándose los cabellos y embadurnándose con las cremas que encontramos y que, según ella, le resultan imprescindibles para la vida.
Esta mañana he descubierto que me ha empezado a crecer una preciosa cola. Resulta muy útil para andar por los túneles. Con ella puedo interpretar mejor las corrientes de aire y es una gran ayuda para mantener el equilibrio cuando caminas por una tapia. ¡Qué maravilla poder hacer equilibrios sin temor a caerme! Como un infalible funambulista sin pértiga, paseo por tuberías suspendías en el vacío observando el arroyo inagotable de desperdicios que fluye sin pausa en mis dominios.
Como temía, Onassis me ha abandonado, se puso un vestido muy sexi, se embadurnó con sus queridas cremas y perfumes y subió por la escalera que lleva al centro comercial. La he esperado toda la noche, con la esperanza de que abandonase la loca idea de vivir en el exterior. Por un momento me he visto tentado a seguirla, pero al asomarme por la boca de la alcantarilla la luz me ha cegado. El olor me ha resultado insoportable, los ruidos, que antes ni siquiera apreciaba, me han herido los tímpanos hasta casi hacerlos sangrar. Con verdadero pavor he regresado a mi vida subterránea resignado, de nuevo, a la soledad cómoda y húmeda de mis queridas cloacas.
25/05/2007PULEX IRRITANS Por José Manuel González![]() Hace poco más de dos meses que soy pulga. Mido menos de cuatro milímetros y soy capaz de saltar distancias que superan los 9 metros (lo que no está nada mal si consideramos que cuando era hombre y medía 1,70 hubiera correspondido a un salto de casi cuatro kilómetros)
Mi transformación comenzó una mañana del mes de marzo. Ese día sentí, bajo el calcetín, una irresistible picazón que me hizo rascar hasta que manó la sangre. No pude localizar al insecto que me vampirizó, pero inocente de mí, fumigué la casa con el apestoso insecticida que me recomendó un amigo. No se si por efecto de las piretrinas o por una extraña reacción alérgica, caí en un profundo letargo junto a mi sofá preferido. Oía los ruidos del exterior, pero era incapaz de moverme. Solo sentía unas irresistibles ganas de quedarme inmóvil, mientras menguaba y menguaba. Consumiéndome desde fuera, fui perdiendo lentamente mi aspecto de hombre. Era tanto mi deterioro y tan evidente la merma de mis carnes, que estaba convencido de que en pocos días me habría reducido a unas pocas células muertas y que, quizás, algún ácaro aprovecharía mis restos para su magro alimento.
Poco a poco fui consolidando una forma ovoide. Mi vida transcurría a un nivel un poco mayor que el celular. Entre las protectoras fibras de mi alfombra de auténtico pelo de camello, pasaban los días en placentero letargo. Nadie me importunaba con sus gritos, nadie me pedía dinero en los semáforos, sabía que estábamos en mayo y me importaba una mierda la declaración de hacienda. Vivía en un estado de completa felicidad, mientras mi metamorfosis, como la de Kafka, se completaba lentamente, pero a ritmo constante. Cuando las condiciones de humedad y temperatura fueron las apropiadas se produjo mi eclosión a la vida de larva, sin embargo aún tenía pendientes tres mudas hasta llegar al estado de crisálida, antesala de la vida adulta. Alimentándome de detritus y de la sangre digerida en los excrementos de otras pulgas, fui creciendo sin preocuparme de los dolores de piernas que antes me atormentaban, ni de los horarios de los trenes y el despertador de la mesilla de noche. En mi universo diminuto y cálido, paseaba entre los pelos inmensos de la alfombra, buscando restos de comida y a otras larvas con las que compartir experiencias y quizás practicar el canibalismo si el hambre apretaba.
El estado larvario de las pulgas, en el caso de las Pulex irritans -la pulga del hombre como es mi caso- es muy variable en el tiempo, puede durar de 9 a 202 días. Yo tuve suficiente con cuarenta y cinco días, así que, en el principio del verano, tejí un capullo de seda alrededor de mi cuerpo larvario y sufrí una nueva transformación a pupa. Leí en alguna parte que las uñas de los pies crecen al mismo ritmo que la deriva de los continentes. No sé si esto podrá aplicarse al crecimiento de mi resistente exoesqueleto, pero la verdad es que sufría al pasar de la consistencia blanda y libre de mi cuerpo de gusano a la encorsetada rigidez de mi nueva forma.
Mi vida de pupa pasó sin sobresaltos, esperando el completo desarrollo del imago adulto que ahora soy. Sabía que a finales de julio llegarías a casa, que te sorprenderías por mi ausencia y me buscarías por todas partes, que te sentarías en el sillón junto al teléfono, que buscarías mensajes en el contestador, que me brindarías tus piernas desnudas, accesibles e indefensas a mi voraz aparato picador-chupador.
Mi primera comida fue gloriosa. De un salto subí a tu pubis acogedor y piqué con deleite. Succioné la sangre cálida que fue mi primer alimento adulto. Igual que el amante novel en su primera vez, perforé torpemente tu piel perfecta y fragante. Luego no pude parar, lo reconozco, toda mi vida de pulga sin ingerir algo decente me hizo olvidar las mínimas normas de cortesía y piqué y piqué con avidez hasta convertir tu cintura, tu ingle y tu bajo vientre en una constelación de bultitos escarlatas que pronto empezaste a sufrir. Tu mano recorría las picaduras buscando alivio, clavando esas longilíneas uñas rosa palo, pintadas con tu esmalte preferido de cobertura perfecta y textura nacarada. Yo te veía sufrir por la incertidumbre de mi ausencia y por la desazón del prurito. Agazapado en tu ropa interior, convertido en un nuevo Nosferatu, esperé a la noche. Tú no lo sabías, pero la mutación había comenzado y con ella nuestra nueva vida juntos.
Pina 22 de mayo de 2007
25/05/2007 03:25 Autor: bartolome. Enlace permanente. Tema: CUENTOS FANTASTICOS No hay comentarios. Comentar. 02/08/2006AL FINAL DEL TUNEL Me veo reflejado en la vitrina del aeropuerto, la noche se ilumina con los potentes focos de los aviones dispuestos a despegar. Estoy cansado, aburrido de tanto esperar y me afano por pegar la mejilla en este cristal frío e inmenso. Los futuros pasajeros esperan resignados su vuelo y evitan cruzar las miradas por temor a tener que iniciar una conversación. Maletas desparramadas por el suelo se amalgaman con la sórdida basura de las horas punta. Los altavoces de la sala de espera cumplen su misión con machacona insistencia e inundan todo de idiomas extraños. Cada vez estoy más hipnotizado por las luces del exterior. Veo las bombillas que marcan la pista de aterrizaje y comprendo la atracción que sienten los aviones por sus luminosas marcas. Un boeing 747 acaba de despegar, dejando, tras de sí, un ruido ensordecedor que ha hecho vibrar el vidrio y me produce un cosquilleo en los pelos de la nariz. La imagen se repite: uno despega, otro aterriza, uno despega, otro aterriza, parece el baile de galanteo de unas descomunales aves nocturnas que, en lugar de poner huevos, depositan pequeños individuos trajeados y ruidosos. Pero, de pronto, un Airbus ocupa el horizonte y una luz cegadora va llenando todo mi campo de visión. No puedo separarme de la ventana, la luz del avión me atrae, me magnetiza, me abraza. Me pican los ojos, oigo gritos de pánico a mi alrededor, pero yo no me muevo. El avión se hace cada vez más grande, ahora todo es luz y es tan cálida…Parece que puedo distinguir, en la cabina, los rostros de terror de los tripulantes, los brazos tensos del piloto tirando del timón, los gritos sordos de las azafatas y el olor fétido de la muerte. De pronto, todo se apaga, estoy en un inmenso pasillo negro, de suelo liso, extremadamente liso, pero no resbalo. Camino como un autómata y no sé si subo o si bajo, si voy para delante o retrocedo, pero no puedo parar. Un brillo lejano fija mi rumbo, ahora tengo un objetivo, un punto de referencia donde dirigir mis pasos. Poco a poco, paso a paso, la oscuridad va dando lugar a una luminosidad creciente que me atrae ¡Cómo comprendo, ahora, a las polillas que se fríen en las bombillas de las farolas! Mi pulso se acelera, las piernas amplían sus zancadas, ya estoy corriendo y no me canso nada. Lo que antes era un resplandor inerte se ha convertido en una estrella de luz que no quema, que me envuelve, que me arrulla. La luz me llama, la luz me inunda y todo mi cuerpo se estremece en un orgasmo sin sexo. Es la plenitud, soy parte del todo, la energía fluye en mí. Ahora soy luz. Ya queda poco del Yo, pero algo me retiene, miro hacia atrás y veo el pasillo negro, ¿qué me impide avanzar? Me he detenido. Un cordón viscoso tira de mi cuerpo hacia lo oscuro; el cordón se tensa, mi alma regresa… -¡Desfibrilador, éste aún respira! –grita una voz cargada de prisa- yo abro un ojo y veo su cara. Me fríen a vatios y el corazón bombea. ¿Qué ha fallado? Mi cuerpo está en el suelo y yo lo estoy viendo desde fuera. ¡Ahora lo entiendo! ¡El puto cordón que me lastra! ¿Cómo puedo cortarlo? Intento tirar de él, pero mi cuerpo inerte lo tiene bien sujeto y lo succiona goloso como si fuera la manguera que huye del incendio. -Déjenme en paz –les grito desde mi garganta sin voz- y un enfermero mueve mi cuerpo. Entonces descubro un punto débil en el cordón. Una ligera fisura cerca de la espalda, tiro con toda mi alma y mi vida muere. Vuelvo al pasillo, corro sin ruido, pero… ¿no hace más calor? ¿no es más roja la luz que me atrae? Avanzo con cautela, pero no puedo frenar mi impulso, el pasillo desciende y el resplandor quema. Grito y mi aullido en el calor se ahoga. Un magma sólido me recibe ardiente, me derrito en su seno y Pedro Botero se ríe… JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ PINA A 15 DE febrero de 2006
02/08/2006 13:38 Autor: bartolome. Enlace permanente. Tema: CUENTOS FANTASTICOS No hay comentarios. Comentar. 03/04/2006EL VUELO DE ELOISAEL VUELO DE ELOISANació muerta, los médicos hicieron lo imposible para reanimarla y consiguieron traerla a este mundo. ¡En que mala hora! Estaba cianótica, llena de moratones por las maniobras de la reanimación, cubierta por completo por una capa de moco que le daba un aspecto de monstruo. No lloró, entró en la vida en silencio, como si supiera que no debía de haber nacido, como si estuviera en un mundo que no le correspondía. A duras penas, los padres, se hicieron a la idea de sus limitaciones físicas. Parecía un vegetal, un ser amorfo que dependía de una máquina para sobrevivir. Poco a poco, la fuerza interior de Eloisa fue venciendo a la muerte y de la cérea piel de pupa que la envolvía surgió una mariposa-niña de belleza extraordinaria. La piel traslúcida, sembrada de retorcidos caminos de venas azuladas, se le cayó como a las serpientes y, bajo ella, emergió una espléndida epidermis rosada y sana, cubierta de una pelusilla dorada que a todos maravillaba. Sus padres estaban felices. La desgracia inicial del traumático nacimiento se vio recompensada con el nuevo aspecto de su hija. La madre paseaba, orgullosa, a Eloisa por todo el pueblo. Los vecinos, no obstante, se apartaban inquietos cuando ellas pasaban. Eloisa crecía y crecía dentro de su carrito de paseo. Veía pasar los árboles del parque y oía como los pájaros, hasta los jilgueros, enmudecían al instante cuando sentían su presencia. Y empezó a andar y al tropezarse un día, en el perro seter de falsa porcelana china, descubrió que tenía un bulto en la espalda. La protuberancia, palpitante y cálida, le picaba cada vez más. Eloisa lloraba, pero nadie la escuchaba. Su madre la veía abrir la boca angustiada, pero nada oía. Su padre la mecía con sus brazos lacios y a Eloisa nadie la sentía. Un día, cuándo la espalda más le picaba, se rascó con saña en la corteza de un roble. Se desgarró la piel y surgieron las alas: unas alas etéreas, casi de hada, unas alas transparentes, sin peso ni forma. Y batió las alas y, del mismo modo que había empezado a andar, se elevó del suelo hasta la copa del árbol. Desde allí contempló su casa. Vio los tejados viejos, las antenas y la ropa tendida en los terrados. Vio a su madre llorando, vio a su padre mirando al cielo. Le gritaban que bajara, pero ella no hacía nada. Tras una hora, descendió flotando hasta sus brazos y, como por instinto, ocultó las alas. Eloisa sonreía y su madre la abrazaba y de pronto una voz cantarina, como de cristal templado, salió de sus labios antes mudos. Su madre, extasiada, la llenó de besos y Eloisa cantaba. Eran canciones tristes, eran palabras extrañas, pero Eloisa cantaba. El padre acudió corriendo, casi asustado, y cuando las vio abrazadas, se sumó al abrazo y contuvo el llanto. A partir de ese día, a Eloisa, los pájaros la rodeaban. Los gorgogeos de los ruiseñores, de las calandrias y las cardelinas se unían en un coro animal en el que Eloisa era la solista destacada. La voz de vidrio de Eloisa se tornó de plata, con brillos, tintineos y olor a albahaca. Un sonido tenue, sin estridencias que llegaba al alma. La gente del pueblo se congregaba cerca de la casa, guardando la distancia, para oír sus cantos, para convencerse por sí mismos de que la rara voz de la niña no era un sueño. Pronto la noticia llegó a la ciudad y enviaron un tropel de periodistas armados con preguntas y cámaras fotográficas. Hicieron fotos de todo: del jardín marchito de la entrada, de las margaritas y la madreselva, de la verja rota que tanto chirriaba, del roble centenario que daba sombra a la casa y hasta del dichoso perro de porcelana. Las preguntas caían sobre los padres de Eloisa como el chaparrón de una tormenta de verano y, de la misma manera que se ignora la lluvia que cala los huesos, ellos ignoraban a esos molestos fisgones y seguían mirando con embeleso a su hija. Al poco tiempo, los de la capital se cansaron del silencio y regresaron a sus periódicos con las libretas llenas de especulaciones y opiniones disparatadas. Un día de marzo, llegó un buhonero al pueblo y pasó por la puerta de la casa de Eloisa. Llevaba un furgón cargado de baratijas y entre ellas una vieja bicicleta de color rojo óxido. Papá la compró, ajustó los ruedines, lijó la herrumbre y la pintó de verde. Eloisa estaba encantada con la bici. Al poco tiempo rodaba por toda la casa haciendo sonar el timbre de hojalata que mamá le había comprado. Parecía que, con la novedad del juguete, se le habían olvidado sus cantos de ninfa y hacía tiempo que no se elevaba del suelo. Pero la naturaleza de Eloisa era más fuerte que la fuerza de la gravedad y un día, mientras paseaba por el patio, las alas de mariposa batieron de nuevo sin ruido, elevando su cuerpo etéreo hasta perderse de vista, hasta confundirse con las nubes, hasta fundirse con los rayos de sol del atardecer. Los pájaros la siguieron hasta detrás del horizonte. Los padres de Eloisa gritaron en vano y el viento de marzo les devolvió sus lamentos, pero Eloisa ya no era Eloisa, y se perdió en la nada. Por eso, por la mañana, el padre de Eloisa, cogió su furgoneta, cargó la bicicleta, condujo entre sollozos hasta el barranco angosto y la lanzó volando hacia el túmulo del vertedero, pero antes de llegar al suelo, un esbelto imago, con cuerpo de libélula, emergió rasante y, como ave rapaz, atrapó en vuelo la bicicleta verde con timbre de hojalata.
Pina de Ebro a 29 de marzo de 2006 JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ
03/04/2006 08:20 Autor: bartolome. Enlace permanente. Tema: CUENTOS FANTASTICOS No hay comentarios. Comentar. 02/02/2006MI DIOS VERDADERO
Dios ha muerto. Sin avisarme ha muerto. Sin dejar un sucesor, ni siquiera uno que le sustituya de manera interina. He probado con Ala, Jehová, Buda, Shiva, Brahmá, y Visnhú, Quetzalcóatl, Mitra, Atón, Osiris y Horus, pero parece que no me hacen ni caso. Por eso he decidido crearme mi propio Dios Verdadero. Mi Dios Verdadero es un dios para estar por casa, no tiene grandes pretensiones pues todavía no se ha desarrollado. Por el momento, no es un dios vengativo como otros, ni busca obediencias ciegas como en las sectas destructivas. Mi Dios Verdadero, por ahora, no es muy conocido, pero he contratado una empresa de marketing y publicidad que me ha prometido resultados inmediatos. Me han recomendado que busque un libro, a poder ser de apariencia antigua, que explique algo, pero no todo, de mi Dios Verdadero. Así que me he aplicado a escribir preso de una increíble inspiración divina: “Al principio no había nada –eso me suena a plagio- no había ni Dios, así que El Dios Verdadero se hizo a sí mismo (esto ya introduce un toque de novedad) Como se aburría de estar solo, sin que nadie le pidiera nada, le dio por crear la tierra, el cielo y todo lo creable –mi Dios Verdadero no iba a ser menos que los otros- y así entre crea que te crea introdujo en su universo, recién inventado, al hombre y la hombra (como diría Ibarretxe para ser políticamente correcto) En realidad primero creó a la mujer que pronto convenció al hombre de que dejara a su hombra y se fuera con ella a multiplicarse. Y lo hicieron con tanto éxito, que pronto colonizaron todo el territorio….” El libro va creciendo en mi ordenador, pero de momento no he encontrado una impresora capaz de imprimirlo en piedra. Lo he traducido, con el “Babilón Taslator”, al berebere, suahiri y sánscrito (que eso luce mucho para los libros doctrinales) Me recomiendan que lo empiece a distribuir por tomos más pequeños para dar un poco más de misterio. Al primer libro lo he llamado “Principio” (¡mucho más claro que Génesis dónde va a parar!) y ha empezado a funcionar muy bien en las librerías. El segundo libro ya es un Bed Seller antes de su publicación. Las editoriales se matan por tenerme en su nómina así que he decidido crear mi propia empresa para explotar mejor el negocio. La cosa promete, tengo una sede imponente, un edificio enorme lleno de espacio y muy luminoso. Como mi Dios Verdadero está creciendo en popularidad parece que está empezando a cultivar cierta mala leche. Ahora estamos en proceso de expansión y como mi Dios Verdadero tiene cada vez más adeptos hemos tenido que construir más sucursales. Pronto terminaremos un nuevo complejo para las oficinas centrales y yo, como fundador, viviré allí. El tiempo pasa y mi Dios Verdadero es un gran éxito, tanto que ya me han aparecido facciones dentro de la nueva religión. Mi Dios Verdadero me reveló sus mandamientos y, para no ser menos, incluyó cuatro prohibiciones sexuales. Los he publicado y a mis discípulos les han parecido algo laxos así que los he sustituido por otros (MANDAMIENTOS.02) más estrictos con más prohibiciones sexuales. Mi Dios Verdadero me parece que me ha salido rana. Ya casi no me escucha ni da señales de vida. Está en su cielo controlándolo todo ¿no se habrá endiosado? Mi Dios Verdadero ha muerto. Sin avisarme ha muerto. Sin dejar un sucesor, ni siquiera uno que le sustituya de manera interina. He probado con la Pachamama, Viracocha, Odín, Zeus y su primo Júpiter, Makemba, Maramba y Olucún pero no me escucha así que, por si las moscas, no diré nada. ESTE RELATO RESULTÓ GANADOR EN EL PRIMER CONCURSO DE RELATOS DE LA EDITORIAL ABACO
02/02/2006 12:34 Autor: bartolome. Enlace permanente. Tema: CUENTOS FANTASTICOS No hay comentarios. Comentar. 23/01/2006ENERGIAS ALTERNATIVASENERGÍAS ALTERNATIVAS Llegué a Villarquemada por accidente, por puro azar. Mi coche, último modelo en el año 1968, decidió dejar de funcionar justo en la entrada del pueblo. Como pude, entré empujando hasta dar con alguien que me envío al herrero. Yo pensaba que en el siglo XXI ya no quedaba nadie practicando ese oficio, pero considerando la antigüedad de mi vehículo, quizás fuese lo más adecuado. Cuando llegué al taller, Isidro –así se llamaba el herrero- estaba trabajando. Manejaba, con increíble destreza, un enorme martillo con el que daba forma a una pieza metálica. Las chispas y el ruido monótono del repiqueteo del martillo chocando en el yunque, llenaban la estancia. Parecía que había entrado en la Fragua de Vulcano. Tras un largo minuto, Isidro se percató de mi presencia. Dejó el martillo y, con esa sonrisa que borraba la fiereza de su rostro, me preguntó qué quería. Le expliqué mi problema y dijo: -Podemos echarle un vistazo, pero igual hay que cambiarle alguna pieza. -No me importa –contesté esperanzado- lo importante es que pueda llegar a casa como sea. Juntos llegamos a donde el coche había dejado de funcionar. Abrí el capó e Isidro, tras una breve inspección, determinó que la cosa tenía arreglo. -Puede ir a la Taberna mientras lo arreglo –sugirió- pero antes necesitamos llevarlo a mi taller. En ese momento, como por arte de magia, apareció una mula torda enjaezada con todo lo necesario para el arrastre y así, con tracción animal, trasladamos al averiado “Seiscientos” hasta la casa de Isidro.
Yo, la verdad, dudaba mucho que ese extraño mecánico, uniformado con ropa de pana y coronado con una raída boina, fuese capaz de conseguir el milagro de devolver la vida al motor de mi coche, pero nada perdía por intentarlo. Seguí la sugerencia de Isidro y me dirigí a la Taberna. Allí no había más que cuatro ancianos vestidos con ropa cortada con el mismo patrón que Isidro. Jugaban al dominó pausadamente. Cada ficha que colocaban producía un ruido increíble. Al entrar, esbocé un saludo que fue respondido por la misma sonrisa enigmática que me había prodigado Isidro. El camarero, también entrado en años, se apresuró, solícito, hasta el principio de la barra. -¿Qué desea caballero? -Una cerveza bien fría –le respondí, pues los acontecimientos habían hecho crecer en mi garganta una sed de barranco. Me sirvió una cerveza de marca desconocida, quise leer su procedencia pero no pude entender el idioma. Con todo, mi extrañeza inicial, se vio acrecentada con el primer sorbo: una increíble sensación de frescor inundó todo mi cuerpo y un sabor indescriptible, como a néctar de flores, se mantuvo en mi boca hasta el final del trago. -¡Que cerveza más extraordinaria! –no pude menos que decirle- ¿dónde la consiguen? Nunca había probado esta marca y le aseguro que conozco muchas. -Nos la traen desde muy lejos, pero nuestro proveedor es un poco especial y es “particularmente” selectivo al colocar su producto. Me contó que en el pueblo cada día quedaban menos. Que todos eran muy mayores, pero que vivían felices sin necesidad de salir de su localidad. Me contó que Isidro había aprendido su oficio lejos de Villarquemada, muy lejos, insistió. Era un verdadero artesano del metal y era capaz de arreglar todos los aparatos mecánicos que llegaban a sus manos. Yo asentía incrédulo, dudando de sus palabras. Me daba igual que fuese un artista de la forja si no era capaz de solucionar mi problema de transporte. Sin prisa, después de deleitarme con tres increíbles cervezas, me dirigí a la casa de Isidro. Allí todo era ruido y luces extrañas. Por un momento temí que había depositado mi confianza en un loco, en un desconocido que podía destruir lo poco que me quedaba de la herencia de mis padres. Un sudor frío mojó mi camisa al comprobar que había sacado el motor. Las piezas sembraban de metal el suelo del caótico taller. Isidro, al mirarme, se dio cuenta al instante de mi inquietud y se apresuró a decir: -No se preocupe por lo que ve, sé lo que hago. He tenido que sustituir más piezas de las que pensaba, pero al final le va quedar el vehículo mejor que nuevo. Será mejor que de una vuelta por el pueblo y me dé un poco más de tiempo.
La tarde iba declinando y se encendieron las luces del alumbrado público cuando, haciendo caso de la sugerencia del mecánico, di un paseo por las extrañamente cuidadas calles de Villarquemada. Una luz tenue brindaba un colorido curioso a las casas. Viejas casonas de piedra con fachadas blanqueadas, ventanas enrejadas con forjados de filigrana. Algunas tenían grabado en el dintel de la puerta el año de construcción, otras se limitaban a ofrecer el blasón que, inexcusablemente, se repetía en todas ellas: un animal alado vestido con algo que recordaba una armadura y tocado con, lo que parecía, un casco hermético que ocultaba la cara del ser. Milimétricamente, se reproducía la misma imagen en todo el pueblo. La verdad es que en nada me recordaba a algo conocido. Pregunté a una señora enlutada que tomaba “la fresca” en la calle. -Siempre han estado allí –me contó- nosotros le llamamos “El Visitante” y también lo puede encontrar en el escudo municipal y en la bandera. La anciana tenía escrito los años en su rostro. Surcos de vivencias que componían una cara envejecida, pero agraciada; ojos almendrados de un indescriptible azul traslúcido, casi velado, y la sonrisa iluminadora que parecía ser la marca de la casa de todos los habitantes de Villarquemada. Sentada en su mecedora veía pasar la gente que, como ella, disfrutaban del frescor de la noche. Una calle angosta me condujo a la plaza del Ayuntamiento. El edificio austero que presidía la plaza repetía, aumentado de tamaño, la imagen blasonada del “Visitante”. Aún siendo tarde, el alguacil custodiaba la puerta principal. Al verme, me invitó a pasar y yo, por no pecar de maleducado, le seguí por el patio. Subimos por una desgastada escalera que conducía al primer piso donde –me dijo el alguacil- estaban las dependencias municipales. Las oficinas estaban dotadas con aparatos que parecían sacados de una torre de control de la NASA. Miles de luces iluminaban una constelación de paneles e instrumentos. En vista de mi innegable cara de asombro, mi cicerone, explicó que esa sala era algo más que unas oficinas municipales. Allí se controlaba todo lo referente al pueblo: el alumbrado público, las calles, el alcantarillado, los caminos y toda la maquinaria interna que hacía funcionar, como un reloj bien engrasado, el municipio. A pesar del despliegue tecnológico, en la sala no había nadie trabajando. Los aparatos, algunos de los cuales no cesaban de emitir extraños ruidos, funcionaban con frenética actividad emitiendo destellos, zumbidos y nubes de papel. Me acerqué con cautela a uno de ellos y observé con extrañeza que un mosaico de monitores daban cumplida información de cada uno de los puntos más importantes de la población: la entrada del pueblo, la taberna, el taller de Isidro y prácticamente todas las calles que habían compuesto mi breve itinerario, estaban representadas en las cámaras de vigilancia. Pregunté al alguacil el motivo de tanta tecnología y él se limitó a encoger los hombros y sonreír. Consciente de que no iba a conseguir ninguna información del empleado público y sumido en una creciente inquietud, dejé el edificio y encaminé mis pasos, de nuevo, a donde estaban destripando mi coche. La distribución perfecta de las calles permitía orientarse sin problemas, pero no obstante, en mi regreso descubrí casas que antes no había visto. Parecía como si algo hubiese cambiado y hasta la atmósfera, antes agradable y acogedora de la villa, parecía más hostil. Nervioso, fui acelerando el paso hasta acertar con la calle del taller. Poco antes de llegar a mi destino, vi con verdadera alegría que mi coche estaba aparcado en la puerta. Todo estaba cerrado, aporreé la puerta metálica hasta hacerme daño, pero Isidro no daba señales de vida. Rodeé la casa para buscar otra nueva entrada, pero el resultado fue el mismo: nadie respondía a mis gritos ni a mis llamadas. Tras un largo cuarto de hora, y cuando ya empezaba a desesperarme, me acerqué al coche y pude comprobar que las llaves estaban puestas. Lo puse en marcha y funcionaba a la perfección. Una vez al volante del vehículo y recobrada mi movilidad, decidí dar una vuelta por el pueblo para dejar un recado a Isidro. No pude encontrar a nadie. Todo estaba desierto y las luces, que antes tanto me habían maravillado por su claridad, estaban tomando un tono cada vez más opaco inundando de sombras mortecinas las callejas. Eran más de las diez de la noche y, en vista de la situación, decidí marchar del pueblo. Tomé la carretera que serpenteaba por el extremo del valle disfrutando anticipadamente por alejarme de allí. De pronto, por el retrovisor, pude distinguir un gran destello azulado que inundándolo todo. Paré en la cuneta y pude comprobar, rozando la locura, que el espacio que antes ocupaba el pueblo, ahora era una superficie calcinada en la que aún se distinguía el rescoldo de unas llamas. Por un momento, creí que estaba soñando, que las cervezas que con tanto placer había tomado, contenían alguna suerte de alucinógeno. Haciendo acopio de un valor que no tenía, di media vuelta y volví a la entrada del pueblo. Efectivamente, todo había desaparecido. Dónde antes se erguía una perfecta alineación de casitas y calles ahora era un paisaje quemado, desolado y fantasmagórico, que solo producía desazón. Cuando el estupor crecía en mí hasta llegar al límite, alcé la vista al cielo y descubrí la increíble imagen que me acompañará toda la vida: una luz inmensa, azulada y fría, suspendida en la nada, me contemplaba estática. De pronto la luz se tornó violeta y emitió un fogonazo seco y a continuación desapareció de mi alcance visual. Un intenso olor a ozono, como a tormenta, cubrió el valle e inundó mis sentidos. Aterrorizado, me alejé deprisa del lugar y me incorporé a la carretera principal. No sé cómo llegué a casa. Conduje como un zombi durante tres horas, pero el tiempo pasó como en un suspiro. Me acosté de inmediato decidido a olvidarlo todo. Por la mañana, aún estaba impactado por los acontecimientos ¿no habría sido todo una pesadilla? Casi con miedo, me dirigí al garaje para ver que había pasado con mi coche. Allí estaba, refulgiendo en la penumbra con un brillo metalizado que me dejó paralizado. Recobrado el valor, pude acercarme a él para comprobar qué modificaciones había realizado Isidro. Con pulso tembloroso, abrí el capó para ver el motor. ¡Allí no había nada! Sólo una minúscula cajita, de forma piramidal conectada a la trasmisión, que emitía un, casi imperceptible, zumbido. Entré en el vehículo convencido de que me habían robado el motor. De forma automática di media vuelta a la llave de contacto. Mi Seiscientos funcionaba a la perfección y mi asombro crecía hasta límites insospechables. Algo llamó mi atención en el asiento de atrás: allí, perfectamente alineadas, encontré tres cajas de la cerveza que me había extasiado. Ya han pasado cuatro años desde entonces y mi coche sigue funcionando. Nunca más he tenido que poner gasolina en el depósito, pero con la cerveza no tuve la misma suerte.
PINA DE EBRO A 17 de enero de 2006
23/01/2006 14:10 Autor: bartolome. Enlace permanente. Tema: CUENTOS FANTASTICOS No hay comentarios. Comentar. |
JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZTemasArchivos
Enlaces |