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JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ

INTROSPECTIVA

INTROSPECTIVA

 

Vivo en una cloaca.  No quiero que piensen que hablo en metáfora, realmente paso mis días y mis noches dentro de los acogedores túneles que recorren el subsuelo de la ciudad.

 

Aquí encuentro todo lo que necesito para mi magro sustento.  La comida abunda si no eres muy exigente con la presentación del producto.  Con el tiempo, he desarrollado una habilidad especial para orientarme por el laberinto de túneles que constituyen mi mundo subterráneo.  Bajo las grandes superficies se pueden conseguir verdaderas montañas de comida intacta, todavía con sus envases herméticos.  Para evitar la mala imagen de la gente pobre hurgando en los cubos de basura, han optado por evacuar sus excedentes a los intestinos de la ciudad y yo me maravillo, cada vez más, de la calidad de los productos a punto de caducar.

 

En los túneles principales hay hasta luz eléctrica, no piensen que mi vida es oscura.  Naturalmente, el olor no es muy agradable, pero acabas por acostumbrarte y les aseguro que hay barrios en el exterior que huelen peor.  En cuanto al resto de comodidades que podrían llamarse normales, estoy perfectamente surtido.  Dispongo de un magnífico dúplex en un antiguo colector de aguas blancas.  Allí he ido colocando, poco a poco, las insólitas maravillas que me encuentro en las alcantarillas.  La energía la tomo “prestada” de los innumerables cables que, aprovechando las cañerías, se extienden por toda la ciudad.  También dispongo, por la misma vía, de teléfono, televisión por cable, internet, aire acondicionado y me imagino que no les sorprenderá que no tenga problemas con la retirada de basuras.

 

Sin embargo, en mi universo idílico y autosuficiente, me falta la compañía.  Nadie, por un absurdo prejuicio, quiere compartir mi paraíso interior.  El sexo, lamentablemente, se ve reducido al onanismo y, seamos sinceros, aunque te quieras mucho al final resulta bastante aburrido.  Por eso me veo obligado a hacer algunas incursiones a la superficie buscando el calor de otros cuerpos, pero cada vez me vuelvo más perezoso, o quizás más viejo, y voy espaciando las visitas. 

 

Hace poco que he conseguido amaestrar a una rata enorme.  La crié desde pequeña y ahora me sigue a todas partes como si fuera mi alter ego.  Ha desarrollado habilidades impresionantes para los de su especie.  Con ella, o mejor dicho gracias a ella, he encontrado verdaderas montañas de dinero en metálico.  Resulta increíble lo que tira la gente por el retrete.  Debido a su curiosa habilidad le he puesto de nombre “Onassis” y a ella parece que le gusta, aunque si sigue aprendiendo tan rápido como hasta ahora quizás tenga que utilizar el nombre completo y llamarle Jacqueline.  Poco a poco, mi relación con ella es más íntima y ahora dormimos en la misma cama, abrazados, con su enorme cola gris entrelazada en mis piernas.  Me gusta cepillarle el denso pelaje del lomo, como si sacándole brillo con el cepillo pudiera olvidar su condición de roedor.  Ella cada vez entiende más lo que le hablo y ha empezado a comunicarse conmigo con unos grititos que poco a poco me resultan más inteligibles.  De todas formas yo también he experimentado ciertos cambios desde que vivo en la penumbra de los túneles.  Mis ojos se han adaptado perfectamente al nuevo hábitat y se me han retraído los párpados.  La cara se me está afilando y estoy empezando a contagiarme de la forma de hablar de Onassis.  Prácticamente ahora ya nunca me pongo ropa, me ha crecido una pelusilla blanquecina que me protege de la humedad y de las corrientes.  Sin embargo, me entristece pensar que todavía no me ha crecido el rabo.

 

Por otro lado, a Onassis, se le está estilizando la figura, creo que está experimentando algún tipo de transformación.  Será que tanto vivir conmigo se está humanizando y que yo, por otro lado, me estoy “ratizando”.  No sé si nuestras transformaciones nos están uniendo más o por el contrario nos están separando.  Onassis se está volviendo cada vez más pizpireta y empieza a hacerle ascos a casi todo.  Se pasa todo el día delante del espejo atusándose los cabellos y embadurnándose con las cremas que encontramos y que, según ella, le resultan imprescindibles para la vida.

 

Esta mañana he descubierto que me ha empezado a crecer una  preciosa cola.  Resulta muy útil para andar por los túneles.  Con ella puedo interpretar mejor las corrientes de aire y es una gran ayuda para mantener el equilibrio cuando caminas por una tapia.  ¡Qué maravilla poder hacer equilibrios sin temor a caerme!  Como un infalible funambulista sin pértiga, paseo por tuberías suspendías en el vacío observando el arroyo inagotable de desperdicios que fluye sin pausa en mis dominios.

 

Como temía, Onassis me ha abandonado, se puso un vestido muy sexi, se embadurnó con sus queridas cremas y perfumes y subió por la escalera que lleva al centro comercial.  La he esperado toda la noche, con la esperanza de que abandonase la loca idea de vivir en el exterior.  Por un momento me he visto tentado a seguirla, pero al asomarme por la boca de la alcantarilla la luz me ha cegado.  El olor me ha resultado insoportable, los ruidos, que antes ni siquiera apreciaba, me han herido los tímpanos hasta casi hacerlos sangrar.  Con verdadero pavor he regresado a mi vida subterránea resignado, de nuevo, a la soledad cómoda y húmeda de mis queridas cloacas.

 

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EJERCICIO DE ESTILO-TALLER RAMÓN ACÍN

VARIACIONES A LA MUERTE DE UNA MADRE

La historia que voy a contar tiene varias interpretaciones. El lector debe elegir la que más le convenga según su estado de ánimo. En la era de las aplicaciones multimedia, me permito brindarles una historia interactiva en la que el protagonista de la historia, el que decide el desenlace, es el lector.

 

Como todo juego (y esto no deja de ser un juego, aunque sea de palabras) es necesario disponer de un manual de instrucciones. En este caso basta con seguir el propio texto y tomar la opción deseada.

 

OPCIÓN A (PARA EL LECTOR MÁS CONSERVADOR, AMANTE DEL PRINCIPIO, NUDO Y DESENLACE)

 

Amaneció un día inapropiado para enterrar a una madre. Los cipreses filtraban la luz de la mañana tamizando el sol del verano. Madre había muerto sin encomendarse a nadie. Apenas habían venido al funeral los más allegados: mi hermana Clara, el tío Lucas, las vecinas del bloque y las señoras ociosas de la parroquia que no se pierden una.

El silencio, roto sólo por los irreverentes trinos de los pájaros, caía sobre nosotros haciéndonos inclinar el cuello. El enterrador y su ayudante terminaban de sellar con yeso la tapa del nicho. Mientras, todos observábamos el proceso con morboso interés, como si su labor de albañilería fuese el último rito obligado del entierro, convertido, casi, en un sepelio civil. Cuando el empleado del cementerio pintaba con escayola las iniciales de mi madre, bisbiseábamos una oración que se perdía entre las flores marchitas de otro entierro reciente. Entonces lo vi, apenas oculto por la sombra del panteón de granito que tanto miedo me daba de pequeña. Con su traje gris ceniza, impecable en su dolor, anónimo en mi memoria.

 

Todos nos miramos preguntando sin palabras por la identidad del extraño. Clara esbozó una sonrisa mezcla de reconocimiento y suficiencia. Él se acercó tímidamente al grupo, pero se mantuvo a distancia de las voces.

 

Y allí, en ese momento, envuelto por la sombra fresca de las tumbas me enamoré de él. Supe que era el hombre de mi vida. Él me miró fugazmente, sólo fue un instante y en ese momento tuve la certeza que la atracción que yo sentía era correspondida.

 

Luego, con los trajines del pésame, desapareció de mi vista como un fantasma. ¡No podía ser! ¡No sabía nada de él! Por más que interrogué a Clara no soltó prenda, tras una semana seguía tan anónimo como los huesos de la fosa común. Así que tuve que volver a utilizar el jugo de mis queridas adelfas, confiando en la fragilidad cardiaca de mi familia y en las cualidades arrítmicas de la digitalina. Clara no entendía el por qué del regusto amargo del café y que yo me hubiese pasado al té. Su corazón resistió un poco más que el de madre, pero bastaron siete días para apagar su latido.

 

(SI DESEA UN FINAL SORPRENDENTE, CASI IMPOSIBLE SUSTITUYA EL FINAL A QUE SIGUE POR EL PROPUESTO CON NOMBRE FINAL B- SI DESEA UN FINAL FELIZ, SÍRVASE EL FINAL C)

 

 

 


 

FINAL A

Llegó el día del entierro de mi hermana y yo esperaba ansiosa en el cementerio. Nos encontramos allí, como había previsto. Él se acercó un poco más al grupo. Rompió la distancia impuesta por el anonimato. Caminaba despacio, la gravilla del camino multiplicaba la eficacia, casi teatral, de su aproximación. No me habló, todo lo decía con la dureza de su mirada. Sus manos se posaron en mi hombro pesadas y autoritarias, hasta que tomo mis muñecas y cerró las esposas.

FINAL B-FINAL SORPRENDENTE CASI IMPOSIBLE.

Y allí estábamos de nuevo, en el cementerio, esperando a mi príncipe azul, sin embargo cuando creí ver a mi amado entrando apresurado con su traje gris, fui abducida por una nave alienígena. Los extraterrestres actuaban con naturalidad, casi nadie, excepto yo, se dio cuenta de su identidad. Me sujetaron con una ropa especial y me trasladaron con su vehículo camuflado. Y aquí me encuentro, en la nave nodriza, en una habitación blanca de paredes acolchadas, esperando que suelten las correas que me sujetan a la cama.

SI NINGUNO DE LOS DOS ANTERIORES FINALES SATISFACE AL LECTOR, SE PROPONE UNA TERCERA OPCIÓN, QUE A LA TERCERA VA LA VENCIDA.

 

FINAL C FELIZ (LÉASE EN CASOS DE LECTORES EN TRATAMIENTO CON ANSIOLÍTICOS)

 

En el cementerio no hacía ni frío ni calor -cero grados que diría un castizo-, estábamos los mismo que en el entierro de madre -salvo obviamente mi hermana Clara-; todo el mundo me miraba con cara de lástima, pero yo reía por dentro, consciente de que mi plan había dado resultado. Clara, oculta por las sombras de los árboles, releía la esquela fingida que habíamos publicado el día anterior. Al principio se mostró horrorizada con la idea y le costó aceptar el, tal vez, macabro engaño, pero al final accedió a tomar parte en la farsa consciente de que sólo así podríamos volver a verte. Y por eso, al fin, atravesando el bosque de cruces llegaste tú. Con paso firme te dirigiste al grupo, entre todos buscaste mi cara. Sin decir palabra te abracé con fuerza y ya nunca nadie pudo separarnos.


OPCIÓN B (PRESCINDIENDO DE ADEREZOS) VERSIÓN INTERACTIVA

Una mujer, mientras asistía al funeral de su madre, vio a un hombre que no conocía. Pensó que ese era el hombre de su vida, tanto que se enamoró de él en aquel momento, pero no le pidió ni nombre ni teléfono y ya no pudo verlo de nuevo. Unos días más tarde, esta mujer mató a su hermana.

 

 

 

PREGUNTA:¿por qué la mato?

 

Piense un poco, coméntelo con sus amigos. Si la respuesta coincide con la respuesta que sigue no intente ponerse en contacto con el autor y por favor olvide que ha leído esto.

RESPUESTA:

 

Esperaba que el hombre apareciera de nuevo en el funeral de su hermana.

 

Si ha respondido correctamente, piensa como un psicópata. El autor de esta prueba fue un famoso psicólogo americano, y se utiliza para comprobar si se tiene mentalidad de asesino.

Muchos asesinos en serie detenidos han participado en esta prueba y han respondido correctamente.

 

OPCIÓN C-EMPEZANDO POR EL FINAL

Llegó el día del entierro de mi hermana y yo esperaba ansiosa en el cementerio. Nos encontramos allí, como había previsto. Él se acercó un poco más al grupo. Rompió la distancia impuesta por el anonimato. Caminaba despacio, la gravilla del camino multiplicaba la eficacia, casi teatral, de su aproximación. No me habló, todo lo decía con la dureza de su mirada. Sus manos se posaron en mi hombro pesadas y autoritarias, sin embargo, hasta que no cerró las esposas, no fui consciente de que quien tanto amaba era la policía.

 

Todo comenzó en el cercano entierro de Madre. Los cipreses filtraban la luz de la mañana tamizando el sol del verano. Madre había muerto sin encomendarse a nadie. Apenas habían venido al funeral los más allegados: mi hermana Clara, el tío Lucas, las vecinas del bloque y las señoras ociosas de la parroquia que no se pierden una.

 

El silencio, roto sólo por los irreverentes trinos de los pájaros, caía sobre nosotros haciéndonos inclinar el cuello. El enterrador y su ayudante terminaban de sellar con yeso la tapa del nicho. Mientras, todos observábamos el proceso con morboso interés, como si su labor de albañilería fuese el último rito obligado del entierro, convertido, casi, en un sepelio civil. Cuando el empleado del cementerio pintaba con escayola las iniciales de mi madre, bisbiseábamos una oración que se perdía entre las flores marchitas de otro entierro reciente. Entonces lo vi, apenas oculto por la sombra del panteón de granito que tanto miedo me daba de pequeña. Con su traje gris ceniza, impecable en su dolor, anónimo en mi memoria.

 

Todos nos miramos preguntando sin palabras por la identidad del extraño. Clara esbozó una sonrisa mezcla de reconocimiento y suficiencia. Él se acercó tímidamente al grupo, pero se mantuvo a distancia de las voces.

 

Y allí, en ese momento, envuelto por la sombra fresca de las tumbas me enamoré de él. Supe que era el hombre de mi vida. Él me miró fugazmente, sólo fue un instante y en ese momento tuve la certeza que la atracción que yo sentía era correspondida.

 

Luego, con los trajines del pésame, desapareció de mi vista como un fantasma. ¡No podía ser! ¡No sabía nada de él! Por más que interrogué a Clara no soltó prenda, tras una semana seguía tan anónimo como los huesos de la fosa común. Así que tuve que volver a utilizar el jugo de mis queridas adelfas, confiando en la fragilidad cardiaca de mi familia y en las cualidades arrítmicas de la digitalina. Clara no entendía el por qué del regusto amargo del café y que yo me hubiese pasado al té. Su corazón resistió un poco más que el de Madre, pero bastaron siete días para apagar su latido.

 

 

CONCURSO DE POEMAS CENTRO POÉTICO

Para los interesados en los concursos de Centro poético: ¡Ya se ha fallado el concurso de poemas Amarga Hiel! Aquí tenéis el correo que me han mandado invitándome al nuevo concurso.  Me gustaría saber si de verdad existe Jaime Ignacio Sanz de Acedo y si le han dado el premio de verdad.

 

 

 

 Resumen de contenido: poema ganador y nuevo concurso

 

                                                                           

http://www.centropoetico.com

El Director de

EL CENTRO DE ESTUDIOS POÉTICOS

 

SALUDA

 

a D/Dª  JOSÉ MANUEL  GONZÁLEZ

 

y le invita a participar en el nuevo concurso poético abierto el 1 de Septiembre, Eclipse de Luna. Su fecha de cierre es el 30 de Noviembre.

 

JOSÉ MANUEL, nos gustaría que el artista creador de un poema de la calidad de “SIEMPRE EN TRÁNSITO” contribuyera con su talento en este nuevo concurso. Participe con una de sus obras enviándola mediante la página web: http://www.centropoetico.com

 

El ganador del concurso Amarga Hiel ha sido Don Jaime Ignacio Sanz de Acedo (La Coruña)  con su poema “Soledad”. A continuación se lo transcribimos:

Hay muchos cadáveres flotando y sólo un mar muerto.
Sembraré de migas los caminos,
por si me pierdo de vista.
Sembraré de huellas los tejados de lo prohibido
por si me escapo de tus sueños.
El corazón, ansioso de verdades,
latirá a lo lejos. Cerca de la luna,
esa que le roba la luz al sol mientras duerme.
Pídeme algo de mi tiempo,
pero no me pidas cazar juntos mariposas.
Odio las redes.
Necesito llorar solo, y entonar mis himnos
lejos de otros ruidos.
Mi piel está demasiado fría,
pero me he vuelto alérgico a otras pieles.
Que le voy a hacer, es lo que tiene esto
de la soledad, acaba enganchando.

 

El ganador del concurso Noche Soñada, que cerró el 31 de Agosto, esperamos conocerlo a finales de Octubre.

 

 

Manuel López Rodríguez

 

aprovecha la ocasión para reiterarle a Vd. el testimonio de su consideración más distinguida.

 

En caso de desear que le demos de baja de la base de datos para no recibir más correos nuestros basta con enviarnos un correo electrónico indicando en Asunto dar de baja. No volverá a saber de nosotros.

REAL COMO LA VIDA MISMA

 DEL SUR AL NORTE

A mi abuelo lo metieron preso cuatro años en la cárcel de Granada por gritar: "viva la República", cuando la República estaba muerta. Él, que no sabía escribir su nombre y que había votado a las derechas en las últimas elecciones, que había puesto la X y la huella de su pulgar donde le dijo el Señorito, no supo sujetar su lengua en la taberna y el vino áspero de la posguerra le jugó una mala pasada.

La potencia de voz de mi abuelo le había servido para detener un tren que transitaba desde Baza hacia un seguro descarrilamiento. Un desprendimiento cubría las vías y mi abuelo detuvo el convoy con las señales de sus brazos y la fuerza de su garganta.

Con su hazaña se ganó el apodo de "El Paratrenes", pero de todas formas, en la taberna, su exuberancia vocal le trajo la ruina. Los chivatos del Señorito cumplieron con su misión y mi padre, a sus trece años, se vio al frente de la familia como su único sustento.

 

El panorama no era muy alentador: cuatro hermanos, el mayor inválido por culpa de la poliomielitis y del médico incompetente que le aplicó botones de fuego, dos niñas pequeñas, mi padre y mi abuela.

La cosecha estaba a punto, el trigo esperaba dorado y fecundo a las hoces de los segadores, pero el Señorito no alquila a rojos y les quitó el único campo que trabajaban. Nadie se atrevió a protestar por el atropello, en la España convulsa de después de la guerra, los pobres eran más pobres y los ricos se hacían más ricos aprovechando su posición dominante sobre los vencidos.

Y por eso mi padre salía, antes del amanecer, a buscar esparto, a trabajar en el molino de Cúllar acarreando sacos descomunales, cambiando su sudor y su dolor de espalda por pan negro. Marchaba a la sierra a segar espliego, lavanda y otras hierbas aromáticas que acarreaba con un borrico al que las niñas idolatraban. La cueva en la que vivían se llenaba del aroma intenso del altiplano granadino. Parecía que la fábrica de perfumes comprara la esencia de la sierra y la vega, que el olor que impregnaba cada una de las estancias de esa cueva de la calle Barranco se pudiese embotellar. De todas formas, a la familia le hubiese gustado más oler a aceite frito, a tocino de veta y a migas de harina.

 

Mi padre asumió su prematura hombría con resignada naturalidad y reprendía a su hermano cojo cuando trapicheaba con tabaco en el estraperlo. Mi tío subía a los trenes con su saco de arpillera cargado de picadura de tabaco, escudándose en su minusvalía para evitar a la guardia civil. Más de una vez tuvo que saltar del tren en marcha y más de una vez estuvo desaparecido semanas enteras. Cuando regresaba a Cúllar, lleno de marcas, nadie preguntaba y él tampoco entraba en detalles.

 

Mi abuelo salió de la cárcel, pero ya nunca fue el mismo. En su carácter se incrustó la desconfianza y la rabia que, a veces, pagaban sus hijos. Poco a poco la familia fue reponiéndose, mi padre arrancaba jornales en las áridas tierras de su pueblo y mi tío seguía con sus "negocios" y fabricaba esparteñas que luego vendía en la plaza por cuatro reales.

 

Llegada la edad, mi padre fue llamado a filas y siguiendo con su suerte esquiva fue destinado a Melilla. Allí le entró el gusanillo por los viajes y la aventura. Él, que nunca había salido de su pueblo, que apenas había ido a la escuela, que aprendió a leer casi a escondidas, se vio en otro continente, en otra cultura tan distinta a la suya, con compañeros de toda España que le hablaban de sus pueblos, de lugares donde los jornales se pagaban a precios razonables, donde una persona joven con ganas de trabajar podía prosperar.

 

Por eso, cuando regresó del "Servicio" decidió emigrar. Se apuntó a una cuadrilla de segadores que iban de pueblo en pueblo exprimiendo, con sus hoces, los tallos preñados de trigo. Luego terminó en Valencia y aprendió a plantar arroz. Era un trabajo durísimo, siempre mojado, con los pies siempre llenos de heridas por los carrizos y las piernas cubiertas de sanguijuelas. Sin embargo, el trabajo estaba bien pagado, descubrió que por fin su esfuerzo tenía recompensa y decidió seguir a los arroceros en sus periplos por otras tierras.


 

Así fue como llegó a Pina, en la ribera del Ebro. En aquellos años se había implantado el cultivo del arroz en las salobres tierras de la Huerta Alta. Los pocos visionarios que emprendieron la aventura del arroz, enfrentándose al resto de agricultores siempre reacios a los cambios, necesitaban abundante mano de obra que no encontraban en Aragón. Los jornaleros, agrupados en cuadrillas, se alojaban en graneros y casas viejas. Andando o en bicicletas, poblaban los arrozales con sus acentos del sur y sus cánticos flamencos.

 

 

Mi padre se adaptó bien a ese clima continental que tanto se parecía al de su lejano Cúllar. Inviernos fríos, veranos abrasadores, el viento que cala los huesos y arranca nubes de polvo, la estepa monegrina tan parecida a las sierras que amaba.

En los inviernos, cuando los jornales escaseaban, se dedicaba a cavar regaliz que transportaba a lomos de una vetusta bicicleta que hacía las veces de su añorado borrico. Pronto destacó entre los jornaleros y se granjeó una reputación frente a los propietarios. Se dio cuenta que ese pueblo aragonés no había tantas diferencias entre ricos y pobres, que los pequeños propietarios trabajaban codo con codo con los jornaleros y que no era difícil mezclarse con ellos. De todas formas siempre había algún patoso que veía en los andaluces intrusos, gente dispuesta a quitarles el trabajo y hasta las novias.

 

Como no podía ser de otra forma, la familia siguió el éxodo de mi padre. Pronto se reunieron todos -menos Rosa que se fue a servir a Mallorca- en torno a la seguridad que siempre encontraban en mi padre.

 

La casa alquilada de la Calle Mayor se llenó de olores a guisos del sur. Gachas, migas de harina, potajes de garbanzos, tortas de aceite e infinidad de comidas picantes que mi abuela Bárbara preparaba con magistral destreza a pesar de que desde pequeña carecía del sentido del olfato.

 

El arroz poco a poco entró en declive, las tierras de la huerta se lavaron por la acción del agua y dieron paso a nuevos cultivos en los que la mano de obra no era tan necesaria. Por eso mi padre, tomó la decisión de emigrar a Francia siguiendo su instinto aventurero y por pura supervivencia.

 

En el país vecino encontró patronos que abusaban de los obreros, pero también encontró nuevas ideas, empezó a conocer el sindicalismo, los derechos de los trabajadores y la lucha obrera. Aprendió el idioma y regresó con dinero y, sobre todo, con el barniz de la libertad que cubría cada uno de los departamentos franceses.

 

Y conoció a mi madre. Ella siempre ocupada en el cuidado de su madre enferma, única chica entre cuatro hermanos, con la obligación del servicio marcada a fuego en su carácter, vio en mi padre el compañero ideal y el amor exótico. Se casaron, tras un noviazgo breve, por la mañana, sin muchas ceremonias, pues mi madre estaba de luto por la reciente muerte de mi abuela Josefa.

 

Comenzaron a edificar una vida juntos, se unió en su matrimonio la alegría y la fuerza de mi padre con la determinación imparable de mi madre. Y mi madre, planificó un proyecto de futuro que comenzaba con construir su propia casa y seguía con la compra de sus tierras. Por eso marcharon los dos a Francia, prácticamente recién casados. Necesitaban la solvencia de los francos para hacer realidad sus sueños.

 

Estuvieron dos meses en un hotel de la costa de Marsella, pero mi madre no vio el mar hasta la última semana. Ella, que ya cargaba en su seno con su primogénito, se perdía entre montañas de vajilla que lavaba a mano. Con la cintura siempre mojada no me extraña que yo saliera con cierta fobia al agua. Luego, hartos ya de los abusos de los patronos decidieron cambiar el trabajo de la hostelería por lo que ellos conocían mejor: el campo.

 

En la finca inmensa de la Camarga francesa, mi padre hacía de regador mientras mi madre recolectaba manzanas entre multitud de mujeres de otros países. Y allí, entre manzanos, fueron felices en su recién estrenado matrimonio. Mi padre hizo una cama con cuatro tablas y mi madre improvisó un colchón que rellenó con paja. En una casita destinada al guarda de la finca pasaban las noches sin luz eléctrica, ahorrando cada céntimo para llevar a España, para regresar a Zaragoza con los bolsillos llenos no sólo de esperanza.

 

Mi padre volvió otra temporada a Francia, pero mi madre, con las obligaciones de la maternidad le esperó en Pina. Luego llegó la vida en Zaragoza, en el pequeño piso de la calle Conde de la Viñaza, ese que mi madre consiguió al edificar, un dudoso contratista, en la "parcelita" que había comprado de soltera cuando las Delicias eran todo campos. En los cuarenta metros del principal derecha mi padre aprendió fontanería en seis meses gracias a la formación profesional acelerada. Ese peldaño más que consiguió subir le brindó la posibilidad de ir a trabajar a la lejana Libia, a Bengasi. Una empresa zaragozana cambiaba sus árboles frutales por petrodólares. En los inmensos desiertos libios mi padre luchaba para transformar la arena en tierra fértil.

 

Regresó a los seis meses cargado de regalos estrambóticos: bolígrafos, calculadoras japonesas, una diminuta televisión con radiocasette, ropa interior de colores imposibles y una colección completa de monedas árabes.

 

 

 

Mis hermanos y yo lo escuchábamos embobados cuando contaba sus aventuras, como cuando llegó a Trípoli desde París y no había nadie para esperarlo. Tuvo que hacer acopio de sus conocimientos del idioma francés para que un taxista lo llevase campamento por campamento hasta llegar al único de españoles en Bengasi. Nos contaba como había adiestrado una rata-canguro del desierto, como había curado con sus manos a varios compañeros su mal de garganta, emulando a San Blas y desmintiendo nuestra incredulidad, como todos los trabajos duros eran encargados a los trabajadores del vecino Chad, mientras los libios se negaban a agachar el lomo, como le quitaron, en el aeropuerto de Trípoli, el Interviú que se había comprado en Madrid junto a un pequeña botella de güisqui que, según él, llevaba para atenuar su dolor de muelas.

 

Cuando terminó su aventura africana empezó a trabajar en una empresa de construcción de un paisano suyo. Allí se rompió dos costillas en una zanja mientras cambiaba una vieja tubería en la calle Caspe. Con sesenta años y toda la vida trabajando, enlazó un despido por fin de obra con la jubilación anticipada que le dejó en Pina con sus dos cajetillas de Celtas Largos y la tos de las mañanas.

 

Temprano al huerto, al mediodía de chatos con los amigos, por la tarde a dar vuelta por los campos cargado con sus tres perras que lo hubieran seguido hasta el fin del mundo. Luego vino el desmayo, el falso diagnóstico de gripe, la visita a urgencias, la placa de pecho y el maldito cáncer que le llevó a la amplia habitación del antiguo hospital de tuberculosos.

 

Y allí, en Zaragoza, culminó su último viaje. Un mes le bastó para irse de nuevo, pero esta vez no hubo retorno.

 

 

 

 

 

 

UNA DE CONCURSOS POÉTICOS

 

EL CENTRO DE ESTUDIOS POÉTICOS me ha vuelto a seleccionar como semifinalista en su concurso Amarga Hiel. La verdad es que este tipo de concursos me huelen un poco mal ya que la publicación del libro que pretenden y sobre todo el precio del mismo (49 € + 5 € por gastos de envío) me parece un podo desproporcionado para la dotación del premio (150 €) de todas formas creo que estos concursos deben de estar patrocinados por algún grupo anti-prozac, están diseñados para subir el ego, te mandan una carta en la que, si eres un poco crédulo, puedes llegar a la conclusión de que le haces sombra al mismo Garcilaso de la Vega. Voy a pegar la cartita para que nadie crea que miento

Comandante Zorita 13-28020-Madrid-España

Página web: http://www.centropoetico.com--Fax 34915630764 y 34915347556

(SI NO PUEDE LEER BIEN ESTA CARTA PíDANOS LA VERSION SIN TILDES. NORMALMENTE LE HUBIÉRAMOS ENVIADO UNA CARTA TRADICIONAL EN LUGAR DE UN CORREO ELECTRÓNICO, PERO NO DISPONÍAMOS DE UNA DIRECCIÓN COMPLETA EN SU CASO)

20 de Junio de 2007

Estimado/a JOSÉ MANUEL:

Después de leer y estudiar su poema, el Comité de Selección lo ha catalogado en nuestro concurso, Amarga Hiel, como semifinalista. El jurado está trabajando y esperamos conocer el poema ganador a mediados de Julio. Como semifinalista tendrá usted la oportunidad de ganar el premio de 150 Euros en efectivo. Le deseamos mucha suerte. El poema ganador se publicará en la página web.

Eso no es todo.......

JOSÉ MANUEL, imagine su poema en un precioso libro antológico

Para celebrar el talento único que usted ha demostrado, queremos publicar su poema en lo que promete ser uno de los libros de colección más preciados.......

AMARGA HIEL

AMARGA HIEL será publicado este verano. Será un volumen de alta calidad y en la línea de los clásicos, para que dure varias generaciones. El libro engrosará favorablemente su biblioteca y será un tesoro familiar o un regalo personal de alto valor. En la página web del Ministerio español de Cultura:

http://www.mcu.es/libro/CE/AgenciaISBN/BBDDLibros/Sobre.html

puede ver las características de nuestras antologías. El ISBN de la última antología publicada, Mar de Nubes es el 978-84-935735-0-8. Esto le ayudará en su localización en la web del Ministerio.

SIN NINGÚN COMPROMISO

JOSÉ MANUEL, antes de continuar, déjenos aclararle una cosa........ su poema ha sido seleccionado para su publicación como resultado de un concurso en el que ha quedado semifinalista, en base a su talento único y visión artística. Entendemos que añadirá importancia y atractivo a esta edición. Por lo tanto usted no tiene obligación de pagar una cuota para su publicación ni está obligado a comprar nada. Desde luego, mucha gente desea obtener un ejemplar de la antología donde figuran artísticamente. Si este es su caso, aceptamos gustosos su pedido y garantizamos que quedará satisfecho.

Rogamos vea el documento adjunto, para informarse sobre la compra especial, con descuento, si usted quiere pedir un ejemplar de AMARGA HIEL.

¿QUÉ SUCEDE AHORA?

Como le hemos informado, su poema fue seleccionado para el concurso final - así pues usted no necesita hacer nada más. Sin embargo, para que su poema sea publicado, debe revisarlo. Adjunto encontrará el texto del mismo. Léalo cuidadosamente y haga los cambios que crea oportunos corrigiendo los posibles errores. El Permiso de Publicación del Artista también verifica que “SIEMPRE EN TRÁNSITO” es su trabajo artístico original y que nos da permiso para publicarlo en esta ocasión. Déjeme asegurarle que usted sigue siendo propietario de su poema. AMARGA HIEL tiene copyright como una recopilación. Esto quiere decir que usted mantiene la propiedad de su obra artística.

También debe decidir si desea incluir, información personal sobre usted y su poema, en esta elegante edición. De esta forma, los medios de comunicación y el público en general, estarán informados sobre sus motivaciones, el significado que tiene la poesía en su vida, la historia detrás del poema y su punto de vista filosófico. Hemos establecido una sección especial biográfica con este propósito en la antología. Aunque debemos cobrar una cifra simbólica por este servicio, usted no está obligado a incluir esta información. Su poema puede ser publicado sin ella si así lo desea. Rogamos lea la sección de Perfil del Artista en el adjunto impreso de “Permiso de Publicación del Artista” para más información.

Entretanto nuestro Departamento de Diseño ha empezado a trabajar en la colocación de los poemas seleccionados para esta antología. Pero recuerde, debe rellenar el impreso de Permiso de Publicación del Artista y devolvérnoslo antes del 21 de Agosto del 2007. Y si usted quiere recibir un ejemplar de AMARGA HIEL al precio especial de descuento para colaboradores, rellene, por favor, la información necesaria en el impreso adjunto de “Permiso de Publicación del Artista”.

Permítanos, JOSÉ MANUEL, felicitarle de nuevo. Creemos que tiene usted un talento especial y esperamos con impaciencia la publicación de su poema en AMARGA HIEL. Por si quiere verlo, se publica en la sección de Concursos Anteriores de nuestra web.

atentamente

Manuel López Rodríguez

Editor

P.D. JOSÉ MANUEL, debe estar orgulloso/a de su logro. De los miles de poemas que leemos cada año, solo puede publicarse una pequeña fracción. Estamos satisfechos de que “SIEMPRE EN TRÁNSITO” va a recibir el reconocimiento que una publicación, a escala internacional, puede conseguirle. Y si usted solicita AMARGA HIEL, estamos tan seguros de que le encantará la calidad de la edición y la manera en que se presenta su poema, que podemos ofrecerle una oferta de devolución de dinero, sin condiciones, en caso de que usted no quede satisfecho/a.

Por cierto el poema "SEMIFINALISTA" lo escribí en el taller con Miriam Reyes,

SIEMPRE EN TRÁNSITO

Recuerdo las tardes lánguidas

sobre el manto ocre de la alameda

junto a la lámina azul que refleja sosiego

largos paseos oyendo el crepitar de tus zapatos

los silencios de alcoba y el sofá rojo.

Recuerdo el sol que derrite las sombras

la lluvia dulce que sangra las nubes

siempre a las tres

puntual como la muerte

siempre fugaz como mi estrella.

Recuerdo madrugadas de algodón con patas

balidos de rebaño en el corral de piedra

la aguja que penetra profiláctica o venenosa

la matriz distócica y el parto de Cesar.

Recuerdo días emparejados sin trío ni cuarteto

dúo de aprendices sin miedo a mirarnos

caminando al borde de un río moribundo

carretera inversa alejada del nido

y la vida que nos vive

siempre en tránsito.

 

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LA ROSA DE LOS VIENTOS.- Por José Manuel González

La vida de un superhéroe es monótona dentro de lo que cabe, tenemos las obligaciones propias de nuestros superpoderes: salvar al mundo de los súper-villanos, defender a los oprimidos de sus opresores, asistir a las víctimas, solucionar las consecuencias de las catástrofes naturales y todas las demás bagatelas que los cómic Marbel se han encargado de airear.

Lo que pasa es que, en el tiempo en que vivimos, hay tantos de mi clase que, a veces, tenemos que pelearnos por ejercer nuestra labor salvadora. Ayer, sin ir más lejos, tuve una terrible trifulca con "El Hombre de Paja", -no confundir con Pajaman que como todo el mundo sabe es de los malos y un guarro- , tan prepotente él, quería apagar el incendio declarado en una gasolinera. El caso es que yo llegué primero, pero se empeñó en ayudarme sin darse cuenta de que su cuerpo arde con facilidad y que toda la gracia de sus superpoder consiste en ir dejando un rastro de pajitas por donde pasa y salir volando cuando sopla una ráfaga de viento. Por eso tuve que llamar a mi amigo Waterman para apagarlo (al Hombre de Paja, la gasolinera ardió por completo).

 

El viernes veinticinco de mayo me levanté con la firme convicción de dar un giro a mi vida. Lo tenía decidido, a partir de ese día iba a adoptar una personalidad secreta. Con muchas dificultades me confeccioné un traje de camuflaje que consistía en:

-Pantalón vaquero, gastado por las rodillas, con su roto deshilado y bolsillos en el culo.

-Camisa de cuadros con bolsillo en el lado izquierdo y botones de nácar de cuatro agujeros.

-Zapatos marrones, gastados en la suela y los talones, con cordones y una mancha en el empeine derecho.

También me hice con una gorra de esas de béisbol con visera enorme, pero fui incapaz, tras muchos intentos, de mantenerla puesta algo más de unos segundos sobre mi etérea cabeza.

 

Tras el desayuno de todos los días (leche ozonizada, galletas de protones con neutrinos y el aburrido zumo de roca) salí de casa decidido a no utilizar mis superpoderes.

Por la calle vi a Súper Vulpes, con su rabo al viento, su hocico respingón y sus orejitas color canela. Ella, como siempre, me saludó como se saluda a un extraño al que ves todos los días

-¿Qué tal Súper Cierzo? Dijo peinando sus velludos brazos y sin levantar la vista.

Yo no pude menos que ocultar mi decepción y me largué soplando en dirección noroeste fuerza tres. Al llegar a la esquina vi la típica cabina telefónica y con la rapidez del viento -que por algo soy Súper Cierzo- me coloqué el traje con mi nueva identidad.

 

El resultado fue impresionante. Nada más verme Vulpes alzó esos increíbles ojos color avellana y frotó sin disimulo su frondoso rabo entre mis piernas. No pudo evitar su naturaleza, siempre ha sido y será un zorrón. Por un momento, creí que me iba a descubrir, que mi cuerpo de aire se desintegraría dejando en el suelo el disfraz, pero por increíble que pueda parecer, nada de esto sucedió.

 

Vulpes quedó prendada al instante de mi aspecto desvalido. Yo la veía seguirme, con disimulo, mientras recorría la calle andando (sí, han escuchado bien ¡andando! ¡Sobre el suelo! ¡Sin volar!) La sensación de libertad era increíble.

 

Continué callejeando durante más de una hora viendo la sombra peluda de Vulpes que merodeaba ya con descaro. Dos veces estuve tentado de descubrirle mi verdadera identidad, pero en el último momento resistí el impulso. Ahora me sentía un tío importante, querido, atractivo incluso. Sabía que tenía que entrar en una situación comprometida para dejarme salvar y así culminar mi transformación. Por eso, cuando vi aparecer el enorme camión de la basura no lo dudé. Crucé la calzada con gesto distraído y paso decidido. El camión, lanzado cuesta abajo, fue incapaz de frenar. Ese era el momento para que interviniese Vulpes, pero en el último instante, cuando sus potentes piernas iniciaban un acrobático salto, fui izado por el aire asido por los sobacos. Levanté la vista lleno de rabia para comprobar quien era el aguafiestas.

-Tierra trágame -me dije- es Tramontana mi ventosa novia.

Me dejó con suavidad cerca de la parada de metro. No me reconoció, sin embargo, creo que encontró algo familiar en mi aspecto.

Muy asustado, me deshice del disfraz y me dirigí a nuestro bar preferido, a la Rosa de los Vientos, donde me esperaban Siroco, Mistral y Tramontana que seguía algo mosqueada por no poder relacionar a quién le recordaba la cara del panoli que había salvado.

 

Como cada viernes, tomamos un extenso surtido de aguas ionizadas y el típico oxígeno puro que sirven en todos los bares de superhéroes. Siroco inició una de sus locuras, soplaba cálido como la fragua de Vulcano; Mistral bebía de su copa harto de todo, mientras, Tramontana miraba buscando en mi cara la sombra de la culpa. Yo, por mi parte, desviaba la conversación hacia temas triviales: las próximas elecciones al consejo estelar, los precios de los vehículos espaciales y lo mal que se está poniendo aparcar en la Luna. Para Tramontana era evidente que estaba ocultándole algo. Me sometió a un sutil interrogatorio hasta que me derrumbé. Canté como un jilguero, le enseñé mi disfraz algo manchado de asfalto y ella empezó reír con fuerza lo que motivó el consiguiente vendaval y las protestas del pesado de Mister Granito, quejándose de que, su querida Súper Piedra Pómez, había salido despedida al fondo del bar con su consumición incluida.

 

Lo gracioso de todo es que Tramontana no se lo tomó nada mal, cuando terminó de reír me estampó un beso que resonó como un trueno y derribó, nuevamente, varias consumiciones.

 

Tras las miradas asesinas del dueño del local, nos largamos con viento fresco (o cálido, según se mire) el día había sido agotador y hasta los superhéroes necesitamos un descanso.

 

Pina 11 de junio de 2007

DOMITILA A MI PESAR

Domitila fue la primera esposa del emperador Vespasiano, el brillante romano al que se le ocurrió poner un impuesto por utilizar los urinarios públicos. Por eso los romanos empezaron a llamar vespasianos a los retretes en su honor y por eso al padre de mi madre, que trabajaba de mozo en los servicios de un cine, se le ocurrió ponerle ese pintoresco nombre que le marcó desde pequeña.

 

Un nombre, a veces, es una pesada carga. Cuando es un nombre poco común, te sientes lastrada por él, obligado a deletrearlo una y otra vez por qué no lo entienden cuando lo dices, te ves abocada a soportar las burlas, siempre hirientes, de los niños que buscan en la diferencia la diana de su crueldad. Y luego, cuando has conseguido superar el lastre de tu rareza y te sientes orgullosa, por fin, de tu originalidad te dices: "¿Cómo no voy a poner Domitila a mi hija? ¿Y si se pierde el nombre? Y vuelves a cometer el mismo error que tus padres.

 

Yo soy Domitila de segunda generación. Siempre odié a mi madre por colgarme ese Sambenito que me acompañará mientras viva. No me ha ocurrido igual que a mi madre, nunca pude acostumbrarme al nombrecito, incluso he intentado cambiarlo en el Registro Civil, pero el adusto funcionario que me tocó en suerte se empeñó en que tenía que buscar un nombre que empezase por D: Dorotea, Demetria, Desideria, Dolores ..... Casi me pareció peor el remedio que la enfermedad, así que seguí con el nombre de la insigne liberta del siglo primero. De todos modos, cada vez me duelen menos las risitas que provoca a quien lo escucha por primera vez. Los que me quieren lo suavizan y me llaman "Domi", "Tila", hasta hay uno que me susurra Domitilita en los momentos más íntimos que pasamos en su reclinable "Fiat Estilo".

 

Cuando estoy en ese coche italiano, con sus asientos de sensual suavidad, no puedo menos que recordar a la Domitila romana, que no llegó a ser emperatriz, pero fue madre del gran Tito (a lo mejor por eso les llaman "titos" a los orinales, al padre le dio por los urinarios y al hijo...) parece que la veo pasear por los suntuosos parques de la Roma Imperial, con sus ojos verdes musgo, con la túnica rozando el perfecto empedrado. Seguro que ella sí estaría orgullosa de su nombre y cuando llegara la noche romana, sin el disfraz de la luz eléctrica, se abandonaría en el triclínium esperando su mejor hora: la de acostarse. En el lecho, Vespasiano la cargaría de besos y de sueños imperiales. Y ella, arrullada por el lujo de la seda, se dormiría en sus brazos acordándose de cuando era esclava, sabiendo que sus hijos Tito, Domiciano y Domitila no pasarían nunca hambre.

Yo, a veces, me imagino que vivo en el año 69 d.c. y soy la hija del Emperador, rodeada de aduladores, pretendientes, regalos y cenas eternas que empiezan a las cuatro de la tarde y terminan entrada la madrugada. Cenas con pescados de las mas variadas clases: salmonetes, anguilas, lenguados; aves: tordos, tórtolas, perdices, lirones; y carne de cordero, cabrito, cerdo o jabalí. Postres con frutos secos, pastelitos de miel y vino en abundancia, sólo o con agua y miel. Sin embargo, ahora, de vuelta del mundo de los sueños, devoro un plato tan poco imperial como el arroz a la cubana. Con su sencillez lo tiene todo: la energía vigorizante de la fécula, el rojo ardiente del tomate y la temblorosa isla de yema huevo. Adoro romper con el tenedor la perfecta bandera tricolor del plato, componer nuevos colores mezclando el rojo, el amarillo y el blanco. Luego, cuando aún humea, sucumbo a los sabores simples de amalgama perfecta para después consolarme pensando en que, si bien mi novio no es emperador ni se llama Vespasiano, al menos me lleva a pasear los domingos soleados en su Vespino.

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PULEX IRRITANS Por José Manuel González

PULEX IRRITANS Por José Manuel González


Hace poco más de dos meses que soy pulga. Mido menos de cuatro milímetros y soy capaz de saltar distancias que superan los 9 metros (lo que no está nada mal si consideramos que cuando era hombre y medía 1,70 hubiera correspondido a un salto de casi cuatro kilómetros)

 

Mi transformación comenzó una mañana del mes de marzo. Ese día sentí, bajo el calcetín, una irresistible picazón que me hizo rascar hasta que manó la sangre. No pude localizar al insecto que me vampirizó, pero inocente de mí, fumigué la casa con el apestoso insecticida que me recomendó un amigo. No se si por efecto de las piretrinas o por una extraña reacción alérgica, caí en un profundo letargo junto a mi sofá preferido. Oía los ruidos del exterior, pero era incapaz de moverme. Solo sentía unas irresistibles ganas de quedarme inmóvil, mientras menguaba y menguaba. Consumiéndome desde fuera, fui perdiendo lentamente mi aspecto de hombre. Era tanto mi deterioro y tan evidente la merma de mis carnes, que estaba convencido de que en pocos días me habría reducido a unas pocas células muertas y que, quizás, algún ácaro aprovecharía mis restos para su magro alimento.

 

Poco a poco fui consolidando una forma ovoide. Mi vida transcurría a un nivel un poco mayor que el celular. Entre las protectoras fibras de mi alfombra de auténtico pelo de camello, pasaban los días en placentero letargo. Nadie me importunaba con sus gritos, nadie me pedía dinero en los semáforos, sabía que estábamos en mayo y me importaba una mierda la declaración de hacienda. Vivía en un estado de completa felicidad, mientras mi metamorfosis, como la de Kafka, se completaba lentamente, pero a ritmo constante.

Cuando las condiciones de humedad y temperatura fueron las apropiadas se produjo mi eclosión a la vida de larva, sin embargo aún tenía pendientes tres mudas hasta llegar al estado de crisálida, antesala de la vida adulta. Alimentándome de detritus y de la sangre digerida en los excrementos de otras pulgas, fui creciendo sin preocuparme de los dolores de piernas que antes me atormentaban, ni de los horarios de los trenes y el despertador de la mesilla de noche. En mi universo diminuto y cálido, paseaba entre los pelos inmensos de la alfombra, buscando restos de comida y a otras larvas con las que compartir experiencias y quizás practicar el canibalismo si el hambre apretaba.

 

El estado larvario de las pulgas, en el caso de las Pulex irritans -la pulga del hombre como es mi caso- es muy variable en el tiempo, puede durar de 9 a 202 días. Yo tuve suficiente con cuarenta y cinco días, así que, en el principio del verano, tejí un capullo de seda alrededor de mi cuerpo larvario y sufrí una nueva transformación a pupa. Leí en alguna parte que las uñas de los pies crecen al mismo ritmo que la deriva de los continentes. No sé si esto podrá aplicarse al crecimiento de mi resistente exoesqueleto, pero la verdad es que sufría al pasar de la consistencia blanda y libre de mi cuerpo de gusano a la encorsetada rigidez de mi nueva forma.

 

Mi vida de pupa pasó sin sobresaltos, esperando el completo desarrollo del imago adulto que ahora soy. Sabía que a finales de julio llegarías a casa, que te sorprenderías por mi ausencia y me buscarías por todas partes, que te sentarías en el sillón junto al teléfono, que buscarías mensajes en el contestador, que me brindarías tus piernas desnudas, accesibles e indefensas a mi voraz aparato picador-chupador.

 

Mi primera comida fue gloriosa. De un salto subí a tu pubis acogedor y piqué con deleite. Succioné la sangre cálida que fue mi primer alimento adulto. Igual que el amante novel en su primera vez, perforé torpemente tu piel perfecta y fragante. Luego no pude parar, lo reconozco, toda mi vida de pulga sin ingerir algo decente me hizo olvidar las mínimas normas de cortesía y piqué y piqué con avidez hasta convertir tu cintura, tu ingle y tu bajo vientre en una constelación de bultitos escarlatas que pronto empezaste a sufrir.

Tu mano recorría las picaduras buscando alivio, clavando esas longilíneas uñas rosa palo, pintadas con tu esmalte preferido de cobertura perfecta y textura nacarada.

Yo te veía sufrir por la incertidumbre de mi ausencia y por la desazón del prurito. Agazapado en tu ropa interior, convertido en un nuevo Nosferatu, esperé a la noche. Tú no lo sabías, pero la mutación había comenzado y con ella nuestra nueva vida juntos.

 

Pina 22 de mayo de 2007

 

 

 

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