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JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ

PULEX IRRITANS Por José Manuel González

PULEX IRRITANS Por José Manuel González


Hace poco más de dos meses que soy pulga. Mido menos de cuatro milímetros y soy capaz de saltar distancias que superan los 9 metros (lo que no está nada mal si consideramos que cuando era hombre y medía 1,70 hubiera correspondido a un salto de casi cuatro kilómetros)

 

Mi transformación comenzó una mañana del mes de marzo. Ese día sentí, bajo el calcetín, una irresistible picazón que me hizo rascar hasta que manó la sangre. No pude localizar al insecto que me vampirizó, pero inocente de mí, fumigué la casa con el apestoso insecticida que me recomendó un amigo. No se si por efecto de las piretrinas o por una extraña reacción alérgica, caí en un profundo letargo junto a mi sofá preferido. Oía los ruidos del exterior, pero era incapaz de moverme. Solo sentía unas irresistibles ganas de quedarme inmóvil, mientras menguaba y menguaba. Consumiéndome desde fuera, fui perdiendo lentamente mi aspecto de hombre. Era tanto mi deterioro y tan evidente la merma de mis carnes, que estaba convencido de que en pocos días me habría reducido a unas pocas células muertas y que, quizás, algún ácaro aprovecharía mis restos para su magro alimento.

 

Poco a poco fui consolidando una forma ovoide. Mi vida transcurría a un nivel un poco mayor que el celular. Entre las protectoras fibras de mi alfombra de auténtico pelo de camello, pasaban los días en placentero letargo. Nadie me importunaba con sus gritos, nadie me pedía dinero en los semáforos, sabía que estábamos en mayo y me importaba una mierda la declaración de hacienda. Vivía en un estado de completa felicidad, mientras mi metamorfosis, como la de Kafka, se completaba lentamente, pero a ritmo constante.

Cuando las condiciones de humedad y temperatura fueron las apropiadas se produjo mi eclosión a la vida de larva, sin embargo aún tenía pendientes tres mudas hasta llegar al estado de crisálida, antesala de la vida adulta. Alimentándome de detritus y de la sangre digerida en los excrementos de otras pulgas, fui creciendo sin preocuparme de los dolores de piernas que antes me atormentaban, ni de los horarios de los trenes y el despertador de la mesilla de noche. En mi universo diminuto y cálido, paseaba entre los pelos inmensos de la alfombra, buscando restos de comida y a otras larvas con las que compartir experiencias y quizás practicar el canibalismo si el hambre apretaba.

 

El estado larvario de las pulgas, en el caso de las Pulex irritans -la pulga del hombre como es mi caso- es muy variable en el tiempo, puede durar de 9 a 202 días. Yo tuve suficiente con cuarenta y cinco días, así que, en el principio del verano, tejí un capullo de seda alrededor de mi cuerpo larvario y sufrí una nueva transformación a pupa. Leí en alguna parte que las uñas de los pies crecen al mismo ritmo que la deriva de los continentes. No sé si esto podrá aplicarse al crecimiento de mi resistente exoesqueleto, pero la verdad es que sufría al pasar de la consistencia blanda y libre de mi cuerpo de gusano a la encorsetada rigidez de mi nueva forma.

 

Mi vida de pupa pasó sin sobresaltos, esperando el completo desarrollo del imago adulto que ahora soy. Sabía que a finales de julio llegarías a casa, que te sorprenderías por mi ausencia y me buscarías por todas partes, que te sentarías en el sillón junto al teléfono, que buscarías mensajes en el contestador, que me brindarías tus piernas desnudas, accesibles e indefensas a mi voraz aparato picador-chupador.

 

Mi primera comida fue gloriosa. De un salto subí a tu pubis acogedor y piqué con deleite. Succioné la sangre cálida que fue mi primer alimento adulto. Igual que el amante novel en su primera vez, perforé torpemente tu piel perfecta y fragante. Luego no pude parar, lo reconozco, toda mi vida de pulga sin ingerir algo decente me hizo olvidar las mínimas normas de cortesía y piqué y piqué con avidez hasta convertir tu cintura, tu ingle y tu bajo vientre en una constelación de bultitos escarlatas que pronto empezaste a sufrir.

Tu mano recorría las picaduras buscando alivio, clavando esas longilíneas uñas rosa palo, pintadas con tu esmalte preferido de cobertura perfecta y textura nacarada.

Yo te veía sufrir por la incertidumbre de mi ausencia y por la desazón del prurito. Agazapado en tu ropa interior, convertido en un nuevo Nosferatu, esperé a la noche. Tú no lo sabías, pero la mutación había comenzado y con ella nuestra nueva vida juntos.

 

Pina 22 de mayo de 2007

 

 

 

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