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JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ

PLATILLOS VOLANTES por José M. González Martínez

 

Las noches de verano, cuando Pina no contaba con alumbrado público, eran un hervidero de niños jugando entre las sombras que proyectaba alguna solitaria bombilla que había resistido a las pedradas.

Eran juegos sencillos, pero que permitían la participación de chicos de todas las edades. Agrupados por barrios, los del “Hogar Cristiano” constituíamos el grupo más numeroso. Allí, las casas idénticas, perfectamente alineadas, todas vestidas de blanco, iban nutriendo de soldados al ejército más temido.

            Y es que, a pesar de lo que dicen los nostálgicos de esa época, a lo que más jugábamos era a guerras. Teníamos marcada una frontera imaginaria justo en el descampado de “la Vuelta del Curro”. La escuela, para nosotros los del Cristiano, era territorio hostil, así que nada más que terminaban las clases teníamos que correr como posesos atravesando las líneas enemigas bajo la lluvia de piedras que nos lanzaban los de “la Parroquia”, que , si bien eran menores en número, eran mayores en edad y muy diestros en el manejo del tirachinas.

            Curiosamente, ambos bandos contendientes habíamos adoptado como bandera un equipo de futbol que llevaba el mismo uniforme de rayas: el Atlético de Madrid los unos y el Atlético de Bilbao nosotros. De vez en cuando se jugaban partidos con tintes casi bélicos. Con las porterías marcadas con dos piedras, sin larguero ni postes, los límites del campo imaginario y el número de jugadores indeterminado, nos enfrentábamos hasta que se hacía de noche. Las patadas marcaban las espinillas y los zapatos perdían el lustre de sus punteras.

            Otras veces jugábamos “al bote” y no sé cómo nos las arreglábamos, pero las más de las veces acabábamos en una melé de carne sudorosa, enfrascados en una pelea en la que se perdía por aplastamiento. ¡Cuántas veces sucumbimos, mi primo Tomás y yo, a esa tortura! Empezaba la bronca y, sin saber por qué, ya estábamos mordiendo el polvo. Seguramente sería por nuestra corta talla y nuestro aspecto enclenque o, quizá, por el temperamento indómito de Tomás, capaz de enfrentarse a chicos que le doblaban en peso por un “quítame a mí esas pajas”.

En aquellos tiempos en los que no había Play Station ni maquinetas electrónicas —de hecho no había ni electrónica—, los juegos se practicaban en la calle y la calle dictaba sus leyes. Existía un calendario no escrito que hacía que de pronto todos nos pusiéramos a jugar al “gua” o al “triángulo apostando los pitos en cada partida.

—Esta bola vale cuatro —decía uno.

—De eso nada que está “chinada” —contestaba otro observando como un orfebre las imperfecciones de la bola de cristal que había ganado.

Y es que el “pito” de barro constituía el patrón monetario de los niños: una bola de cristal valía hasta cinco pitos, un pito de piedra se cambiaba por dos de barro y luego estaban los “bolones” y las bolas de hierro que se obtenían de cojinetes de rodamientos. Todos teníamos una bola o un pito preferido con el que nos sentíamos invencibles hasta que un jugador más hábil, o con más suerte, nos lo ganaba y nos despojaba de lo que más queríamos, eso si jugábamos “de verdá” pues siempre había quien se rajaba a mitad de partida pidiendo clemencia:

—Ésta es “de mentiras”, que estamos entrenando —imploraba.

Jugar a los pitos tenía su técnica que había que aprender perdiendo primero. Se empezaba tirando con la uña del pulgar. Luego nos íbamos iniciando en una práctica más efectiva: con el hueso. Eso dotaba de mayor fuerza y precisión a los tiros y nos hacía creernos superiores.

Sin embargo, la temporada de los pitos pasaba pronto y un día, sin saber la razón, todos buscábamos la sombra para jugar a los platillos —no a las chapas que diría uno de capital—. Con piedras y, en el mejor de los casos, con un martillo sustraído a nuestros padres, conseguíamos aplanar la chapa convirtiéndola en un planísimo platillo que volaba buscando el montón.

Desde una distancia convenida, se lanzaban contra una pared los platillos respetando el turno. Si el tapón metálico montaba sobre uno de los que estaban anteriormente en el suelo te los llevabas todos.

Cada vez estoy más convencido de que esos juegos fomentaban la ludopatía. Había verdaderos tahúres entre nosotros y eran los más temidos a los que nadie quería enfrentarse. Por eso, y tal vez por nuestra poca pericia, mi amigo Jesús, Tomás y yo, preferíamos jugar en el corral de casa fuera de las competiciones oficiales de la calle.

Luego estaban los petardos: martinas, bombetas, petardos de diez por peseta, petardos de estrella y hasta cohetes y bengalas.

Todos esperábamos al inicio de las fiestas para que mi tío Ángel empezara a vender pólvora en cantidades industriales. No sé como narices, aquel kiosco de tejado de chapa que se calentaba como un horno, no voló por los aires con semejante arsenal dentro.

Las bombetas eran las preferidas de todos en los días de las vacas. Mi tío las compraba envasadas en cajas de cartón gris y cubiertas de cascarilla de arroz para evitar que explotasen con el menor golpe. Antes de ponerlas a la venta, soplábamos la paja en la parte de atrás del kiosco y las contábamos por si había que reclamar. Luego, sin ningún problema con la edad de los compradores, las ofrecíamos a peseta y los niños se las llevaban para lanzarlas a la plaza cuando pasaba la vaca.

Ahora si echo la vista atrás, recuerdo nuestras peleas con los chicos del cuartel de la guardia civil, los juegos de espadas, arcos y flechas, tirachinas y pedradas, olor a pólvora, “cuqueras” y sangre en los tobillos y tengo que reconocer que no somos muy justos al decir que los juegos de nuestros hijos sean violentos.

Pensando en mi niñez… me río yo del paintball y el Kunter Strike.

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