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JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ

VENTANILLA INDISCRETA Por José Manuel González Martínez


El mundo contemplado desde la ventanilla del kiosco de la plaza no deja de ser una visión parcial de la realidad.  El sol, que cae a capazos sobre las chapas metálicas de la estructura, convierte en sauna la sesteante espera. 

Estoy sentado en mi taburete, ojeando revistas que luego vendo, una vez que he leído todos los tebeos que llegaron en el coche de línea.

El reparto de los periódicos lo hice a primera hora de la mañana, con la fresca, cuando todavía los clientes de los bares no sabían si tomarse un café o empezar con el vermú.

Hoy tampoco me han dado propina y es que la cosa está muy achuchada y nadie está para alardes.  Los jornales escasean y los ricos son más ricos porque no gastan su dinero.

Conforme se acerca el medio día observo como los pájaros pierden su defensiva timidez y se atreven a posarse en el mostrador.  A veces parece que puedo distinguirlos y no me cave duda de que, el descarado gorrión que picotea los montoncitos de azúcar que se acumulan en la tabla, me conoce tan bien como yo lo conozco a él y sabe que no le voy a hacer daño.

Los empleados del ayuntamiento están montando las vallas de madera que cierran la plaza para evitar la huida de las vacas bravas.

Los chicos observamos el ritual entre nerviosos y expectantes, pues sabemos que ya queda muy poco para que empiecen las fiestas. 

Desde mi atalaya de hojalata, observo como se va engalanando la plaza, como las banderas empiezan a cubrir los balcones y como la puerta del ayuntamiento recupera su color al liberarla de la capa de polvo que acumula.

Los bares preparan montañas de sillas plegables para las terrazas y los camiones que los abastecen de bebidas no cesan de descargar sus líquidas mercancías. 

Nosotros también nos hemos preparado para las fiestas.  Mi tío se ha surtido de abundantes cantidades de pipas, gominolas, regaliz rojo y negro, chiches Cheiw, patatas fritas y de alguna que otra novedad de la temporada. 

En el almacén, que tiene alquilado junto al Banco Hispano Americano, se mezclan los olores de los dulces con los salados y con el cierto tufillo a humedad que desprenden sus paredes.  El mismo local que antes albergó unos recreativos que explotaba también mi tío. 

 

“Un millón para el mejor” rotulaba un cartel de madera sobre el dintel de la puerta.

 

A mí siempre me produjo cierto desasosiego el eslogan que había elegido mi tío para su negocio. 

—¿Qué pasa si empiezan a salir monedas de las máquinas y todo se llena de duros? —Me preguntaba en mi inocencia hasta que me di cuenta de que el millón era de puntos y todo lo más que conseguías era una partida gratis o si me apuras… bola extra.

  Mi máquina preferida era la que se situaba al fondo.  Costaba el doble que las demás y con ella, gracias a la escopeta fijada a un sólido soporte de hierro, se podían cazar ciervos, gamos y el premio gordo: un oso negro que se mostraba rampante desafiando al tiro luminoso del arma. 

Yo alardeaba de mi posición de privilegio de sobrino del dueño para fantasear ante mis amigos de las muchas partidas de balde que disfrutaba —aunque no fuesen tan abundantes como decía—, pero la verdad es que nunca pude saber dónde escondía mi tío la llave que abría las máquinas y con ella la gratuidad del juego.  Seguramente siempre la llevaba consigo, me imagino que para evitar tentaciones innecesarias.

En la “Sala de Recreativos” todavía flotaba cierto olor a zapato viejo y a brea, pues antes de servir para el negocio de las máquinas tragaperras fue el local de la zapatería que regentaba mi tío.

Ahora, repara, de vez en cuando, algún zapato por compromiso y sobre todo los balones de reglamento del Club de Fútbol Pina del que es un forofo impenitente (aunque no tanto cómo del Real Madrid).

Desde la única puerta del kiosco se pueden ver crecer las garitas de los feriantes, unos conocidos de otros años y otros teñidos por la uniformidad de los bronceados rotundos y las manchas de grasa.

Con la familia de los que montan la caseta de tiro y el tiovivo tenemos cierta amistad.  La madre de la familia tiene verdadero terror a las vaquillas.  El año pasado la oí relatar el escabroso episodio de la cogida de su hijo mayor en unas fiestas de un pueblo que no recuerdo.    La vaca lo empitonó por detrás y le destrozó el ano y parte del intestino.   Desde entonces, el pobre muchacho tiene que vivir con una bolsa apestosa pegada en su abdomen. 

Cuando sueltan las vacas por la plaza, la buena señora cierra a cal y canto su garita y desde aquí se le puede oír rezar con vehemencia.

Pero, sin lugar a dudas, los más populares de las atracciones son los autos de choque.  Mi tío también se relaciona con los propietarios de los coches eléctricos y consigue fichas gratis que luego reparte.

Mi madre tiene casi tanto miedo a los coches eléctricos como a las vacas.  Todavía recuerda cuando llegué a casa con una enorme brecha en la frente tras un choque frontal en la pista.  Por eso, cuando consigo fichas tengo que utilizarlas casi a escondidas.

De vez en cuando aparece por la puerta mi abuelo José con su impecable traje negro y el chaleco del que cuelga la cadena del reloj Roscopf Patent que le regaló mi padre.  Tocado con un precioso sombrero de fieltro parece un señorito andaluz —que ironía—.

 

—El sombrero de un hombre —me instruye el abuelo—, dice mucho de quién lo lleva.  Hijo mío, cuándo seas mayor, si quieres que te respeten déjate barba y usa siempre sombrero, que quién se cubre la cabeza no sólo se protege del sol también evita que se le escapen los pensamientos.

Mi abuelo está empeñado en que su nieto, de adulto, sea alcalde y siempre le dice a mi hermana:

—Cuándo tu hermano sea alcalde tú será la Reina de las Fiestas.

No sé si a mi hermana le hace mucha gracia eso de ser Reina de las Fiestas y menos por designación municipal, pero nadie se atreve a contradecir a mi abuelo.

Hoy es el día de la presentación de las Reinas y la tarde promete tormenta.  Empieza a tronar y se ha levantado un viento feroz.   Estoy empezando a sentir miedo por nuestra integridad.  La lluvia arrecia y golpea con estrépito la liviana estructura del kiosco.

Mi tío dice que no nos puede pasar nada, pero acaba de caer un pino enorme a menos de doscientos metros de nosotros.  La ventanilla, sujeta con un débil pestillo, apenas resiste los embates del aire huracanado.  Ha empezado a caer granizo y el estruendo es ensordecedor.

Tras veinte interminables minutos, todo ha terminado.  La plaza parece un lago, está completamente anegada de agua, hielo y ramas.  Han caído varios árboles y ahora exhiben sin decoro sus raíces frondosas.  Se ha ido la luz y se empiezan a escuchar lamentos de los propietarios de los bares que tenían cargadas sus cámaras de helados.  Más de un parroquiano ha aprovechado la ocasión y podrá comer frisel —un poco derretido— para la cena.

El suministro eléctrico sigue sin reestablecerse.  Parece que va a ser necesario suspender la Presentación. Menos mal que ni yo soy el alcalde ni mi hermana la Reina de las fiestas.

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