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JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ

EJERCICIO DE ESTILO-TALLER RAMÓN ACÍN

VARIACIONES A LA MUERTE DE UNA MADRE

La historia que voy a contar tiene varias interpretaciones. El lector debe elegir la que más le convenga según su estado de ánimo. En la era de las aplicaciones multimedia, me permito brindarles una historia interactiva en la que el protagonista de la historia, el que decide el desenlace, es el lector.

 

Como todo juego (y esto no deja de ser un juego, aunque sea de palabras) es necesario disponer de un manual de instrucciones. En este caso basta con seguir el propio texto y tomar la opción deseada.

 

OPCIÓN A (PARA EL LECTOR MÁS CONSERVADOR, AMANTE DEL PRINCIPIO, NUDO Y DESENLACE)

 

Amaneció un día inapropiado para enterrar a una madre. Los cipreses filtraban la luz de la mañana tamizando el sol del verano. Madre había muerto sin encomendarse a nadie. Apenas habían venido al funeral los más allegados: mi hermana Clara, el tío Lucas, las vecinas del bloque y las señoras ociosas de la parroquia que no se pierden una.

El silencio, roto sólo por los irreverentes trinos de los pájaros, caía sobre nosotros haciéndonos inclinar el cuello. El enterrador y su ayudante terminaban de sellar con yeso la tapa del nicho. Mientras, todos observábamos el proceso con morboso interés, como si su labor de albañilería fuese el último rito obligado del entierro, convertido, casi, en un sepelio civil. Cuando el empleado del cementerio pintaba con escayola las iniciales de mi madre, bisbiseábamos una oración que se perdía entre las flores marchitas de otro entierro reciente. Entonces lo vi, apenas oculto por la sombra del panteón de granito que tanto miedo me daba de pequeña. Con su traje gris ceniza, impecable en su dolor, anónimo en mi memoria.

 

Todos nos miramos preguntando sin palabras por la identidad del extraño. Clara esbozó una sonrisa mezcla de reconocimiento y suficiencia. Él se acercó tímidamente al grupo, pero se mantuvo a distancia de las voces.

 

Y allí, en ese momento, envuelto por la sombra fresca de las tumbas me enamoré de él. Supe que era el hombre de mi vida. Él me miró fugazmente, sólo fue un instante y en ese momento tuve la certeza que la atracción que yo sentía era correspondida.

 

Luego, con los trajines del pésame, desapareció de mi vista como un fantasma. ¡No podía ser! ¡No sabía nada de él! Por más que interrogué a Clara no soltó prenda, tras una semana seguía tan anónimo como los huesos de la fosa común. Así que tuve que volver a utilizar el jugo de mis queridas adelfas, confiando en la fragilidad cardiaca de mi familia y en las cualidades arrítmicas de la digitalina. Clara no entendía el por qué del regusto amargo del café y que yo me hubiese pasado al té. Su corazón resistió un poco más que el de madre, pero bastaron siete días para apagar su latido.

 

(SI DESEA UN FINAL SORPRENDENTE, CASI IMPOSIBLE SUSTITUYA EL FINAL A QUE SIGUE POR EL PROPUESTO CON NOMBRE FINAL B- SI DESEA UN FINAL FELIZ, SÍRVASE EL FINAL C)

 

 

 


 

FINAL A

Llegó el día del entierro de mi hermana y yo esperaba ansiosa en el cementerio. Nos encontramos allí, como había previsto. Él se acercó un poco más al grupo. Rompió la distancia impuesta por el anonimato. Caminaba despacio, la gravilla del camino multiplicaba la eficacia, casi teatral, de su aproximación. No me habló, todo lo decía con la dureza de su mirada. Sus manos se posaron en mi hombro pesadas y autoritarias, hasta que tomo mis muñecas y cerró las esposas.

FINAL B-FINAL SORPRENDENTE CASI IMPOSIBLE.

Y allí estábamos de nuevo, en el cementerio, esperando a mi príncipe azul, sin embargo cuando creí ver a mi amado entrando apresurado con su traje gris, fui abducida por una nave alienígena. Los extraterrestres actuaban con naturalidad, casi nadie, excepto yo, se dio cuenta de su identidad. Me sujetaron con una ropa especial y me trasladaron con su vehículo camuflado. Y aquí me encuentro, en la nave nodriza, en una habitación blanca de paredes acolchadas, esperando que suelten las correas que me sujetan a la cama.

SI NINGUNO DE LOS DOS ANTERIORES FINALES SATISFACE AL LECTOR, SE PROPONE UNA TERCERA OPCIÓN, QUE A LA TERCERA VA LA VENCIDA.

 

FINAL C FELIZ (LÉASE EN CASOS DE LECTORES EN TRATAMIENTO CON ANSIOLÍTICOS)

 

En el cementerio no hacía ni frío ni calor -cero grados que diría un castizo-, estábamos los mismo que en el entierro de madre -salvo obviamente mi hermana Clara-; todo el mundo me miraba con cara de lástima, pero yo reía por dentro, consciente de que mi plan había dado resultado. Clara, oculta por las sombras de los árboles, releía la esquela fingida que habíamos publicado el día anterior. Al principio se mostró horrorizada con la idea y le costó aceptar el, tal vez, macabro engaño, pero al final accedió a tomar parte en la farsa consciente de que sólo así podríamos volver a verte. Y por eso, al fin, atravesando el bosque de cruces llegaste tú. Con paso firme te dirigiste al grupo, entre todos buscaste mi cara. Sin decir palabra te abracé con fuerza y ya nunca nadie pudo separarnos.


OPCIÓN B (PRESCINDIENDO DE ADEREZOS) VERSIÓN INTERACTIVA

Una mujer, mientras asistía al funeral de su madre, vio a un hombre que no conocía. Pensó que ese era el hombre de su vida, tanto que se enamoró de él en aquel momento, pero no le pidió ni nombre ni teléfono y ya no pudo verlo de nuevo. Unos días más tarde, esta mujer mató a su hermana.

 

 

 

PREGUNTA:¿por qué la mato?

 

Piense un poco, coméntelo con sus amigos. Si la respuesta coincide con la respuesta que sigue no intente ponerse en contacto con el autor y por favor olvide que ha leído esto.

RESPUESTA:

 

Esperaba que el hombre apareciera de nuevo en el funeral de su hermana.

 

Si ha respondido correctamente, piensa como un psicópata. El autor de esta prueba fue un famoso psicólogo americano, y se utiliza para comprobar si se tiene mentalidad de asesino.

Muchos asesinos en serie detenidos han participado en esta prueba y han respondido correctamente.

 

OPCIÓN C-EMPEZANDO POR EL FINAL

Llegó el día del entierro de mi hermana y yo esperaba ansiosa en el cementerio. Nos encontramos allí, como había previsto. Él se acercó un poco más al grupo. Rompió la distancia impuesta por el anonimato. Caminaba despacio, la gravilla del camino multiplicaba la eficacia, casi teatral, de su aproximación. No me habló, todo lo decía con la dureza de su mirada. Sus manos se posaron en mi hombro pesadas y autoritarias, sin embargo, hasta que no cerró las esposas, no fui consciente de que quien tanto amaba era la policía.

 

Todo comenzó en el cercano entierro de Madre. Los cipreses filtraban la luz de la mañana tamizando el sol del verano. Madre había muerto sin encomendarse a nadie. Apenas habían venido al funeral los más allegados: mi hermana Clara, el tío Lucas, las vecinas del bloque y las señoras ociosas de la parroquia que no se pierden una.

 

El silencio, roto sólo por los irreverentes trinos de los pájaros, caía sobre nosotros haciéndonos inclinar el cuello. El enterrador y su ayudante terminaban de sellar con yeso la tapa del nicho. Mientras, todos observábamos el proceso con morboso interés, como si su labor de albañilería fuese el último rito obligado del entierro, convertido, casi, en un sepelio civil. Cuando el empleado del cementerio pintaba con escayola las iniciales de mi madre, bisbiseábamos una oración que se perdía entre las flores marchitas de otro entierro reciente. Entonces lo vi, apenas oculto por la sombra del panteón de granito que tanto miedo me daba de pequeña. Con su traje gris ceniza, impecable en su dolor, anónimo en mi memoria.

 

Todos nos miramos preguntando sin palabras por la identidad del extraño. Clara esbozó una sonrisa mezcla de reconocimiento y suficiencia. Él se acercó tímidamente al grupo, pero se mantuvo a distancia de las voces.

 

Y allí, en ese momento, envuelto por la sombra fresca de las tumbas me enamoré de él. Supe que era el hombre de mi vida. Él me miró fugazmente, sólo fue un instante y en ese momento tuve la certeza que la atracción que yo sentía era correspondida.

 

Luego, con los trajines del pésame, desapareció de mi vista como un fantasma. ¡No podía ser! ¡No sabía nada de él! Por más que interrogué a Clara no soltó prenda, tras una semana seguía tan anónimo como los huesos de la fosa común. Así que tuve que volver a utilizar el jugo de mis queridas adelfas, confiando en la fragilidad cardiaca de mi familia y en las cualidades arrítmicas de la digitalina. Clara no entendía el por qué del regusto amargo del café y que yo me hubiese pasado al té. Su corazón resistió un poco más que el de Madre, pero bastaron siete días para apagar su latido.

 

 

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1 comentario

Enrique -

Me conto la historia un compañero de trabajo y me exigio la respuesta y en unos minutos mas di la respuesta tal como la escribieron en esta web, si es que hay otras respuestas logicas quisiera conocerlas pero solo por dar esta respuesta no creo ser asii de malo como quieren calificar :DDD
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