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UN INSTANTE DE ETERNIDAD
Estoy triste, profunda y eternamente triste. La melancolía corroe cada uno de mis músculos y me impide el más mínimo de los movimientos. Ya no me alegran las cosas pequeñas, los detalles nimios que antes me proporcionaban una suerte de momentánea felicidad. Vivo en un estado vegetativo en el que sólo me preocupa el próximo suspiro, la siguiente pulsación y el siguiente parpadeo. No me preocupa la luz, ni los ruidos de la calle, no busco en cuellos ajenos lo que no tengo en mí mismo. Dejo pasar las horas como dejo pasar los días y los meses, sin hacer nada para evitarlos, sin pretender detener el tictac del reloj de la iglesia, sin obligar a mi corazón a latir más deprisa o a mis venas a llegar a cada una de las células de mi deteriorado organismo. Pero, a pesar de todo, necesito cada una de las gotas de mi sangre transparente e insípida. Me obligo a subsistir en esta especie de muerte eterna, en este castigo catatónico y ausente, encerrado entre maderas, oculto en mi escondite claustrofóbico y recóndito. No me importa reconocer que prefiero las noches y el suave influjo de la luna a los hirientes rayos de la mañana que taladran como alfileres mi lechosa piel de crisálida. Embutido en un traje que cada vez me va mas grande, veo disolver mis líquidos mientras espero, espero y espero, por qué si algo me sobra es paciencia y tiempo. Mi mente, durante el día, dormita oculta en un cerebro cada vez más hueco que ya no sirve para sujetar el cabello y apenas las orejas. Pero por la noche, todo cambia, me entran unas ganas locas de moverme y me ahogo en mi encierro. La sed me quema la garganta, me obliga a una suerte de viaje astral en la que veo mi cuerpo desde la altura que me permite el cordón de mi alma. Desde allí, sobrevolando las vidas dormidas de los que me rodean, puedo ver su tranquila existencia, su despreocupado sueño y hasta sus pesadillas. Me acerco a sus gargantas y sigiloso les chupo la energía que se extravasa en cada gota. Luego vuelvo a mi cuerpo, pleno de fuerza, ahíto de vida ajena que me permite subsistir un día más en mi encierro, un día más en mi condena. Ayer profanaron mi espacio, alguien quiso aliviar mi dolor clavando una estaca en el centro de mi pecho. Sentí como una grandísima descarga eléctrica directamente sobre mi corazón dormido. Pero, a pesar de la violencia del intento, nada se pudo hacer para detener la maldición de su latido. ¡Qué ilusos pretender detener lo inexorable! Pero, ¿Qué me pasa? ¿Quién tira de mi alma al suelo? ¿Por qué me siento tan pesado? Oigo voces cercanas, voces que han sonado siempre en mi cerebro desde que comenzó la maldición de mi castigo. —Bienvenido al mundo de los vivos, Señor Martínez –me dicen- acaba usted de salir del coma.
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JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZTemasArchivos
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