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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2006. 03/04/2006EL VUELO DE ELOISAEL VUELO DE ELOISANació muerta, los médicos hicieron lo imposible para reanimarla y consiguieron traerla a este mundo. ¡En que mala hora! Estaba cianótica, llena de moratones por las maniobras de la reanimación, cubierta por completo por una capa de moco que le daba un aspecto de monstruo. No lloró, entró en la vida en silencio, como si supiera que no debía de haber nacido, como si estuviera en un mundo que no le correspondía. A duras penas, los padres, se hicieron a la idea de sus limitaciones físicas. Parecía un vegetal, un ser amorfo que dependía de una máquina para sobrevivir. Poco a poco, la fuerza interior de Eloisa fue venciendo a la muerte y de la cérea piel de pupa que la envolvía surgió una mariposa-niña de belleza extraordinaria. La piel traslúcida, sembrada de retorcidos caminos de venas azuladas, se le cayó como a las serpientes y, bajo ella, emergió una espléndida epidermis rosada y sana, cubierta de una pelusilla dorada que a todos maravillaba. Sus padres estaban felices. La desgracia inicial del traumático nacimiento se vio recompensada con el nuevo aspecto de su hija. La madre paseaba, orgullosa, a Eloisa por todo el pueblo. Los vecinos, no obstante, se apartaban inquietos cuando ellas pasaban. Eloisa crecía y crecía dentro de su carrito de paseo. Veía pasar los árboles del parque y oía como los pájaros, hasta los jilgueros, enmudecían al instante cuando sentían su presencia. Y empezó a andar y al tropezarse un día, en el perro seter de falsa porcelana china, descubrió que tenía un bulto en la espalda. La protuberancia, palpitante y cálida, le picaba cada vez más. Eloisa lloraba, pero nadie la escuchaba. Su madre la veía abrir la boca angustiada, pero nada oía. Su padre la mecía con sus brazos lacios y a Eloisa nadie la sentía. Un día, cuándo la espalda más le picaba, se rascó con saña en la corteza de un roble. Se desgarró la piel y surgieron las alas: unas alas etéreas, casi de hada, unas alas transparentes, sin peso ni forma. Y batió las alas y, del mismo modo que había empezado a andar, se elevó del suelo hasta la copa del árbol. Desde allí contempló su casa. Vio los tejados viejos, las antenas y la ropa tendida en los terrados. Vio a su madre llorando, vio a su padre mirando al cielo. Le gritaban que bajara, pero ella no hacía nada. Tras una hora, descendió flotando hasta sus brazos y, como por instinto, ocultó las alas. Eloisa sonreía y su madre la abrazaba y de pronto una voz cantarina, como de cristal templado, salió de sus labios antes mudos. Su madre, extasiada, la llenó de besos y Eloisa cantaba. Eran canciones tristes, eran palabras extrañas, pero Eloisa cantaba. El padre acudió corriendo, casi asustado, y cuando las vio abrazadas, se sumó al abrazo y contuvo el llanto. A partir de ese día, a Eloisa, los pájaros la rodeaban. Los gorgogeos de los ruiseñores, de las calandrias y las cardelinas se unían en un coro animal en el que Eloisa era la solista destacada. La voz de vidrio de Eloisa se tornó de plata, con brillos, tintineos y olor a albahaca. Un sonido tenue, sin estridencias que llegaba al alma. La gente del pueblo se congregaba cerca de la casa, guardando la distancia, para oír sus cantos, para convencerse por sí mismos de que la rara voz de la niña no era un sueño. Pronto la noticia llegó a la ciudad y enviaron un tropel de periodistas armados con preguntas y cámaras fotográficas. Hicieron fotos de todo: del jardín marchito de la entrada, de las margaritas y la madreselva, de la verja rota que tanto chirriaba, del roble centenario que daba sombra a la casa y hasta del dichoso perro de porcelana. Las preguntas caían sobre los padres de Eloisa como el chaparrón de una tormenta de verano y, de la misma manera que se ignora la lluvia que cala los huesos, ellos ignoraban a esos molestos fisgones y seguían mirando con embeleso a su hija. Al poco tiempo, los de la capital se cansaron del silencio y regresaron a sus periódicos con las libretas llenas de especulaciones y opiniones disparatadas. Un día de marzo, llegó un buhonero al pueblo y pasó por la puerta de la casa de Eloisa. Llevaba un furgón cargado de baratijas y entre ellas una vieja bicicleta de color rojo óxido. Papá la compró, ajustó los ruedines, lijó la herrumbre y la pintó de verde. Eloisa estaba encantada con la bici. Al poco tiempo rodaba por toda la casa haciendo sonar el timbre de hojalata que mamá le había comprado. Parecía que, con la novedad del juguete, se le habían olvidado sus cantos de ninfa y hacía tiempo que no se elevaba del suelo. Pero la naturaleza de Eloisa era más fuerte que la fuerza de la gravedad y un día, mientras paseaba por el patio, las alas de mariposa batieron de nuevo sin ruido, elevando su cuerpo etéreo hasta perderse de vista, hasta confundirse con las nubes, hasta fundirse con los rayos de sol del atardecer. Los pájaros la siguieron hasta detrás del horizonte. Los padres de Eloisa gritaron en vano y el viento de marzo les devolvió sus lamentos, pero Eloisa ya no era Eloisa, y se perdió en la nada. Por eso, por la mañana, el padre de Eloisa, cogió su furgoneta, cargó la bicicleta, condujo entre sollozos hasta el barranco angosto y la lanzó volando hacia el túmulo del vertedero, pero antes de llegar al suelo, un esbelto imago, con cuerpo de libélula, emergió rasante y, como ave rapaz, atrapó en vuelo la bicicleta verde con timbre de hojalata.
Pina de Ebro a 29 de marzo de 2006 JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ
03/04/2006 08:20 Autor: bartolome. Enlace permanente. Tema: CUENTOS FANTASTICOS No hay comentarios. Comentar. |
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